Una conducta habitual y aberrante en la violenta historia humana, convenientemente olvidada, ignorada o soslayada es la violación como arma de guerra. Ocultarlo tiene que ver con que, históricamente, la violación ha sido habitual en la guerra. Es una parte  más de un conflicto, inseparable e inevitable en tanto arma para la victoria y botín de vencedores.

Recién en 1988, en el Estatuto de Roma que inició la Corte Penal Internacional, apareció entre los crímenes de lesa humanidad la violación, en el artículo 7G, cuando cientos de generaciones han pasado por la espeluznante experiencia de ver, además de sus áreas de vida arrasadas, millones de hombres y mujeres de todas las edades violados.

EL INICIO DE LOS TIEMPOS

Desde los albores de la Humanidad (irónico el término si se analiza el contexto), los hombres lucharon por extender sus áreas de caza, conquistar nuevas y luego con el tiempo, además de los colectivos y formas de organización social, crecieron los objetivos como ciudades, países y/o áreas dentro de estos.

En cada lucha, en cada guerra, la violación; y la violación masiva; fue un arma más. Son dos sus objetivos estratégicos: el terror sobre la población civil para provocar la huida y dejar el terreno. El segundo es degradar y conseguir que no se reconstruya el entorno social después de la humillación y la vergüenza sufridas.

Y los humillados no son solo los violados, sino que sus familiares (esposas/os) también sufren la desmoralización respectiva por el atentado a sus honras y costumbres, a su propia manera de ser y vivir. Es un acto de guerra obsceno y degradante total. Por ello abundan los suicidios tras sufrir algo de tal naturaleza.

ARMA PRIMIGENIA, ATROZ Y DESMORALIZANTE

En la propia Biblia, en Zacarías 14:2 se dice: “Yo reuniré a todas las naciones en batallas contra Jerusalén. Será tomada la ciudad, las casas saqueadas y violadas las mujeres…”. O en Isaías 13:16: “Sus párvulos serán estrellados ante sus ojos, serán saqueadas sus casas, y sus mujeres violadas”. Escalofriante…

Una muestra del rapto de mujeres y violación en la guerra es el imperio mongol (desde China al centro de Europa). Los soldados mongoles violaban como estrategia para extender el terror que sembraban con sus incursiones y conquistas. Algo que comparten con los vikingos, cuyas expediciones fueron terribles. Para colonizar Islandia raptaban mujeres británicas, pasaban poblaciones a cuchillo. Y violaban en masa.

Saltando al siglo XX, son conocidas las violaciones masivas en Bélgica durante la Primera Guerra Mundial; en China por los japoneses, con la conquista de Nanjing en 1937; las soviéticas de la parte europea de la URSS tras la invasión alemana, las mujeres filipinas de Mapanique, en 1944; las alemanas al final de la Segunda Guerra Mundial.

VIOLACION, INVASIÓN MÚLTIPLE

Y cada conflicto tuvo sus idas y vueltas, sus vencedores parciales o totales, sus vencidos y rendidos incondicionalmente. En todos, la población sufrió la horrenda experiencia de la violación masiva; las mujeres en mayor medida; nunca ha sido un acto exclusivo contra un sexo, aunque sí efectuado por el masculino.

Es el masculino el sexo preponderante por la cultura patriarcal que prima en casi la totalidad de las sociedades antiguas y actuales. Es la masa mayoritaria en los ejércitos a lo largo de la Historia. Es la cabeza y dirección abrumadora. No existe mayor degradación para el hombre que ser víctima de ese acto, precisamente por esa cultura machista.

Entonces se ve la violación como táctica genocida contra el enemigo a eliminar. Los turcos otomanos lo aplicaron como forma de “repoblar el imperio con hijos otomanos”. Obligar al embarazo y la tenencia de hijos tras una violación es invadir un entorno físico y al individuo, a las familias y grupos sociales.

HISTORIAS DE VENCEDORES

Anthony Beevor relata en su libro “Berlín, la caída 1945” las violaciones masivas de mujeres alemanas a manos de los soviéticos, pero obvia las ocurridas en Italia y otras partes del Frente Occidental, protagonizadas por soldados de diferentes nacionalidades; sobre todo tropas coloniales; y las de los alemanes en su conquista del Este.

Y es llamativo pues el relato impuesto tras la guerra lleva el sello de los vencedores. Con el paso del tiempo son cada vez menos los testigos presenciales y la historia se ve empañada por el hálito de las ideologías. Lo que sí es innegable es que las mujeres fueron “parte del botín” durante toda la guerra y su violación una afirmación de poder y dominación.

LOS TIEMPOS ACTUALES

Entonces es innegable que las violaciones en guerra tienen como génesis un ejército masculino en mayoría abrumadora, por ser la guerra actividad con preponderancia de ese género y las mujeres, niños y ancianos conforman las víctimas y “daños colaterales” de los conflictos.

Desde el pasado siglo, con las guerras en Vietnam, Birmania, Uganda, Yugoslavia, Ruanda, Sierra Leona, Timor, Perú, hasta ahora en la República Democrática del Congo, Sudán, Libia y el Oriente Medio, la violación representa el sometimiento del enemigo a través de las mujeres y su población más débil.

Y según expertos lo importante no es la mujer sino el mensaje al enemigo. En el sistema patriarcal, la mujer es como una propiedad de su marido, su padre, o sus hermanos. La violación es un arma contra el propio estatus del enemigo, que podrá conquistar territorio, ganar batallas e, incluso, la guerra, pero nunca recuperará a sus mujeres o su honra.

Y por último, cuando las armas callan, las víctimas siguen en otra guerra: el rechazo social en su entorno. Los violadores siguen libres de persecución y juicio en gran medida, pues son parte del arsenal de guerra, a no ser que formen parte del bando vencido y enfrenten entonces las consecuencias de sus actos. Pero… el daño está hecho.