Las protestas contra la dictadura en Cuba y la bárbara represión del régimen movilizan a todos los cubanos dentro y fuera del país.
Ilustración del artista Armando Tejuca

Por Abilio Estévez, Palma de Mallorca

17 de julio de 2021

Esta noche he visto alzarse la máquina nuevamente.

Alejo Carpentier, El siglo de las luces.

1

Hoy es el sábado diecisiete de julio de 2021 y me siento a escribir sobre los sucesos de Cuba. No he podido hacerlo antes y no estoy seguro de poder ahora. Han pasado sólo seis días desde que, primero en San Antonio de los Baños y Palma Soriano, y luego en todo el país, los cubanos de a pie (nunca mejor dicho) salieran a la calle con el grito de “¡Libertad!”. Retomar, volver a poner esa palabra en contexto, ya es importante. Fue una de las palabras que nos usurparon. Nos usurparon muchas palabras y muchas cosas, nos dejaron sin casi con qué sostenernos. Por supuesto, si careces de los primeros es difícil que te importen las palabras, los símbolos, salvo que ya estés absolutamente loco y te dediques a escribir. El conflicto cotidiano con la dificultad de la vida impide cualquier ordenamiento de las ideas. Crearon una sociedad (a conciencia) donde nada contribuía al orden de las ideas. Y las que ellos blandían como tales, no eran en rigor ideas, sino frases hechas, lemas, repeticiones con resonancias de F. V. Konstantinov, que tampoco es que fueran ingenuas, porque tenían el único propósito de adormecernos y lograr nuestra mansedumbre. En un poema escrito ya en su exilio mexicano, León Felipe hizo gala de su soberbia de poeta:

…tuya es la hacienda...
la casa, el caballo y la pistola...
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo
y me dejas desnudo y errante por el mundo...
mas yo te dejo mudo... ¡mudo!...
Y ¿cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?

Nosotros ni canción teníamos, mucho menos trigo que recoger. Dejarnos sin nada y, sobre todo, sin discurso fue una las grandes estrategias de la revolución. Cuba, patria, pueblo, pasado, presente, futuro, libertad. Esas son algunas de las palabras de las que quisieron despojarnos. Y casi lo consiguieron. Identificar a Cuba con la revolución es un ejercicio que, no por burdo, puede llegar a ser menos eficaz. Cuba, patria, pueblo…, todo conducía a la revolución. Sin ella, carecíamos de lo demás. Ni siquiera podíamos decir que teníamos dos patrias, Cuba y la noche, porque la una y la otra se habían disuelto en un único horror. Hasta Martí llegó a ser asaltante del cuartel Moncada. “Nosotros, ayer, hubiéramos sido como ellos; ellos, hoy, hubieran sido como nosotros”. La continuidad, mejor dicho la elucubración (cursi e injusta) de la continuidad como forma de legitimidad. La retórica y el halo de heroicidad (“Nosotros hemos hecho una revolución socialista bajo las mismas narices de Estados Unidos”, gritó Fidel Castro en un discurso de 1961), deslumbraron a medio mundo. Era muy reconfortante, en los cafés de boulevard Saint Michel, o en cualquier otro café de Roma, Buenos Aires o en la pequeña Plaza de Santa Eulalia en Palma de Mallorca, saber que había un pequeñísimo archipiélago de las Antillas que plantaba cara al gran imperio del norte. Pues sí, ¡qué coraje! Y la izquierda de todo el mundo llegó a la conclusión de que la utopía se hacía por fin realidad. “La tierra será el paraíso…”, etcétera. Nunca se ha sabido si era una cuestión de amor a Cuba o de odio a Estados Unidos. Eliges a Estados Unidos como enemigo, y ya tienes ganada una gran parte de la batalla. Y en medio de ese conflicto, nosotros no podíamos disentir (si lo hacíamos nos convertíamos en enemigos del pueblo, y algo aún más grave: en pagados por la CIA). No podíamos defendernos frente a la izquierda que trastocó los conceptos de infierno y paraíso. Aún recuerdo cómo en los años noventa, sin Unión Soviética y sin muro de Berlín, a los hermanos chilenos, argentinos, mexicanos, peruanos que llegaban de Ginebra, Estocolmo, París o Nueva York, apretándonos fuertemente las manos y reclamándonos: “¡Resistan!” Y la impotencia de no poder preguntarles: “¿Para qué?”, o simplemente pedirle: “Ven, vive aquí conmigo, ayúdame a resistir”.

Hay un buen pasaje en El siglo de las luces que ilustra lo que nos ha sucedido. Alejo Carpentier alcanza en ese momento de la novela, un extraordinario nivel de lucidez. Hablo del narrador Carpentier. La persona, el personaje creado por la persona (“un camaján”, Virgilio Piñera dixit) no importa en este caso. Lo trascendental de un escritor es lo que escribe (y perdonen la ingenuidad de la frase). Carece de valor si sabe (y reconoce) que para un escritor que aspira a la fama y al Nobel, lo importante es aliarse con la izquierda. Porque en ese pasaje de El siglo de las luces está contenido avant la lettre la infamia de nuestra mudez, el diálogo de sordos al que nos vimos condenados siempre que intentábamos explicar cómo y dónde vegetábamos. “Vengo de vivir entre los bárbaros”, dice Esteban a Sofía hacia el final del capítulo XXXIV de la novela, después de que el joven se fuera a Francia, a la Francia de la Revolución, vía Saint Domingue, siguiendo a su admirado Victor Hughes. Y luego, en el capítulo XXXVI, cuando intenta contar la transformación de V.H., de revolucionario a dictador, el espanto vivido tanto en Francia como en El Caribe, recalca: “Esta vez la Revolución ha fracasado. Acaso la próxima sea la buena. Pero para agarrarme cuando estalle, tendrán que buscarme con linternas a mediodía. Cuidémonos de las palabras hermosas; de los mundos mejores creados por las palabras. Nuestra época sucumbe por un exceso de palabras. No hay más Tierra Prometida que la que el hombre pueda encontrar en sí mismo”. Y allí, frente al hombre que ha vivido la difícil realidad de la revolución, Sofía, que no se ha movido de su vida cómoda en la isla, exclama: “Pues nosotros no estamos de acuerdo”. Y luego de una discusión, Esteban remata con la frase que podríamos decir todos nosotros a quienes nos echan en cara que no tengamos sensibilidad, que no creamos en la “justicia social”, que no seamos “revolucionarios”: “¿Así que haber descendido a los infiernos no me ha servido de nada?” Exacto, eso es. Y vale señalar que la queja de Esteban es sobre una revolución que todavía se estaba cumpliendo en la historia. Podríamos imaginar la frase de Esteban sesenta y dos años después de que la guillotina continuara elevándose en Fort-de-France. Nosotros no sólo hemos descendido a los infiernos, hemos estado mucho tiempo en él, y no nos ha servido de nada. Éramos, casi somos todavía, como aquel árbol cuya realidad se ve puesta en duda porque cuando cae, en el bosque no hay nadie próximo para escuchar su caída. En efecto, Néstor Almendros y Jorge Ulla, Nadie escuchaba.

2

“Libertad”, gritaron en toda Cuba miles de personas (sobre todo de jóvenes), a quienes algunas autoridades llamaron “vulgares y marginales”. Sólo los muy “vulgares y marginales” —desconocedores del significado verdadero de las palabras— pueden gritar una palabra como esa en un país como ese. (Sorprende tanta vulgaridad y marginalidad en un país que hace alarde de tan buena educación). La respuesta del señor presidente fue la de enfrentar, como siempre, a cubanos contra cubanos. Tampoco el recurso es nuevo. Divide et impera es divisa que saben los gobernantes desde Julio César hasta Napoleón. ¿Cómo no habrían de saberlo los “aldeanos vanidosos”? Nos quitaron las palabras y al propio tiempo nos nombraron: Gusano, vendepatria, marioneta, asalariado, escoria, maricón, lumpen, mercenario. “Pin pon fuera, abajo la gusanera”. O sea, deshumanizar mediante la emotividad verbal. Deshacer la individualidad en una palabra despectiva. Desde temprano, nos dividieron: los buenos y los malos, como en los western. Familias separadas, padres, hijos y amigos enemistados, enemigos todos de todos. La era de la sospecha. Yo sospecho de ti, tú de mí, todos de todos. Porque al fin y al cabo todos podíamos ser encanallados en cualquier momento, por más esfuerzo que hicieras. Vigilar. Vigilar. Vigilar. Cada uno vigilando al otro y, sobre todo, a sí mismo. La banalidad de la vigilancia. El miedo es como un rumor: se echa a andar con suma facilidad y eficacia, y es difícil de detener. El no respeto al derecho ajeno es la paz. Mal va un estado que recurre al miedo. Un estado que no admite críticas, disidencias, opiniones distintas es un proyecto fallido. La verdadera frase importante, perdurable, del encuentro de Fidel Castro con los intelectuales fue la que dijo Virgilio Piñera: “Yo tengo miedo”. La misma frase que repitió por lo bajo a lo largo de casi diez años de muerte civil. Uno de nuestros escritores más valientes y tenía miedo. Tanto citar a Martí y se olvidaron de “Con todos y para el bien de todos”. Nunca citaron su carta rimada a Néstor Ponce de León de la que me permito citar algunas cuartetas:

[…]
¡Qué dijera yo de aquel
De opinión diversa, si
Me llamara vil a mí
Por no opinar como él!
Quiero a Cuba amante y una;
quiero juntar y vencer
¿Y empiezo por ofender
Al que ha nacido en mi cuna?
No hiero al mismo español,
de quien la sangre heredé.
¿Y fratricida, heriré
A mi hermano en pena y sol?
A mis hermanos en pena
No los he de llamar viles,
Los viles son los reptiles
Que viven de fama ajena.
[…]

No voy a glorificar el pensamiento democrático de Martí. Ciertas idolatrías mal gestionadas, como ciertas amistades, pueden ser funestas. Eso ha quedado demostrado. Me gustaría destacar simplemente la falta de democracia de muchos cubanos que dicen venerarlo. En estos días he visto cómo algunos escritores de mi generación (signifique lo que signifique la palabra “generación”), se han hecho eco de la coartada oficial de una posible invasión a Cuba. Alguien ha dejado la duda de que las protestas hubieran sido pagadas por el imperialismo norteamericano para desestabilizar el país. Me parece ingenuo recordar que se desestabiliza lo que se haya estable. He visto a una escritora hablar incluso de lo ridículo que resultan ciertas protestas y gritos. (¿Hace falta destacar la frivolidad de la escritora que llama ridícula una situación en la que hay, que se sepa, un muerto y cientos de desaparecidos?) Y sin embargo, otro escritor, contemporáneo mío, ha salido, con tono profesoral, en defensa del estado de cosas, enarbolando la figura de ¡Diego Vicente Tejera!. Los relojes se detuvieron en Cuba. La supuesta ideología da vueltas como en un anillo de Moebius. El argumento fue, ha sido y es la carga al machete. Sin excepción, quienes protestan, además de vulgares y delincuentes, son anexionistas. Otra vez la intervención norteamericana como excusa y amenaza. Vuelta al llamado bloqueo norteamericano y a la intervención armada que estamos esperando desde hace sesenta años. La culpa es de otros. Nadie habla, por supuesto, del bloqueo mental o del autobloqueo. Nadie menciona los garrafales errores económicos. El llamado bloqueo (que es, en rigor, un embargo) es culpable de que no haya yuca o guanábana o berro, que crece silvestre en los márgenes de cualquier río. El bloqueo es culpable de que La Habana esté ahora mismo tomada por soldados de élite. Y luego, para colmo, no se nos permite recordarles el coste que significaría para Estados Unidos, en caso de que se lo propusiera y lo lograra, la anexión de un país en ruinas. O concedes que la solución cubana pasa por Diego Vicente Tejera o eres un apátrida. Y si te parece justo pensar en soluciones distintas a las que dicta el estado, también eres un apátrida. Ya lo sabemos: nos inculcaron que Cuba es igual a revolución, aunque también sepamos que ninguna revolución dura más de sesenta años —y por este camino, la propia Cuba tampoco va a durar mucho más. La palabra revolución y la frase sesenta años entrañan una evidente paradoja. Tanto más lamentable en la medida en que es justo la revolución detenida, la inmovilidad de una revolución, la que ha llevado al país al desastre. Porque el problema, insisto, no es únicamente la falta de libertades (que ya es mucho), es además la pobreza como método. Y estoy convencido de que la primera provoca en gran medida la segunda. Donde no existen voces contrarias, se impone la arbitrariedad. Hace unos días vi en la televisión española una entrevista que realizaban a la periodista Camila Acosta, corresponsal del periódico ABC en La Habana, y quien se encuentra en prisión domiciliaria. El entrevistador le pregunta si no le parecía esperanzador que las remesas pudieran llegar a Cuba sin aranceles. Acosta respondía: “Es que no yo quiero que me donen una aspirina, yo quiero poder ir a la farmacia y comprarla”. Con qué simpleza, con una sola respuesta de sentido común, se puede desmontar todo un discurso. ¿Qué hubiera respondido, en igualdad de circunstancias, el patriota Diego Vicente Tejera?

3

He pensado en estos días en las generaciones perdidas.

En la vida perdida de todos nosotros. No sólo en la vida de los grandes: Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas. Cuando en la universidad hablaba sobre el destino de esos escritores, algunos amigos que aún creían en el “proceso”, me replicaban: “Qué importa la vida de un hombre cuando está en juego el destino de un pueblo”. Bueno, la verdad, no lo decían con esas palabras tan cursis (mis amigos eran leídos e inteligentes), era no obstante lo que querían decir. No sé si algunos de esos compañeros de clase sigan creyendo en el “proceso”, tengo la impresión de que hace años que no se usa esa palabra que significa “acción de ir hacia delante”, “transcurso del tiempo”, según la RAE. No sé si se percataron de no estaba en juego la vida de un hombre o dos, más o menos famosos. No era sólo la vida perdida de los grandes, si no la vida de tantos, la de casi todo un pueblo. Perdimos la vida en batallas inútiles, en movilizaciones, cavando trincheras, en el sobresalto de la guerra posible. Esperábamos la invasión extranjera que en verdad se estaba produciendo en nuestras propias casas, en las conciencias, y no por agentes externos. Al estado debíamos recurrir para la gestión más banal. Pedir el favor, bajar la cabeza. Y de tanto pedir favor y bajar la cabeza, intuir cómo perdías la dignidad. Aunque, al fin y al cabo, ¿qué importa la dignidad durante el apagón y frente a la mesa discretísima? Además, ¡con ese calor! Ni siquiera las bellezas del físico mundo y sí los horrores del mundo moral. Un pueblo que vio cómo el paraíso prometido se convertía poco a poco, y sin que tuvieran tiempo de reparar en ello, en el reino de la pobreza y de las ruinas. No puedo extenderme aquí en las vidas perdidas en las UMAP: “El trabajo los hará hombres”. Tampoco en la de las pobres señoras con sus cocinas vacías. En las vidas perdidas de los que se fueron y nunca regresaron. Y en las de aquellos que nunca se pudieron ir. Las vidas de los jóvenes que se ahogaron en la Corriente del Golfo. Las de quienes se perdieron en el Tapón del Darién. ¿Alguien puede creer que un joven cualquiera sube a una balsa en la noche del mar, con el peligro que eso conlleva, porque ha tenido de pronto la aspiración de hacer turismo? En rigor, la idea que verdaderamente estaba en juego se podía enunciar de otro modo: “Qué importa la vida de un pueblo cuando está en juego el destino de un hombre”. Ahí está todo. No hay que darle más vueltas, a eso se resume. Ni ideología ni justicia social ni todos los hombres son iguales, ni construir una sociedad más justa. Afán de poder que se aprovecha de la Guerra Fría. Nada más. Ignoro si es apócrifa la historia, se cuenta que el joven Fidel Castro le dijo a un compañero de carrera: “Me encantaría dejar una nota al pie en la historia de Cuba”. Notas al pie hubieran sido el Bonche universitario, Cayo Confites o el Bogotazo. A partir de esas notas, nueve círculos y un epígrafe: “Abandonad toda esperanza los que entráis”. Porque al encerrarnos, la isla se hizo más isla en todos los sentidos y el sentimiento nuestro era de reclusión multitudinaria. Si te ibas, te mataban simbólicamente. (De los que se iban se hablaba en pasado). Si te quedabas, también te mataban simbólicamente. La “muerte civil”, que llaman. Marginar, separar, enviar a los márgenes. (¿Y ahora se preguntan por qué se rebelan los marginales?) Y hay quien me recuerda que no siempre eran simbólicas las muertes, que había muertes de verdad, como las del remolcador 13 de Marzo, por citar un solo ejemplo. Patria o muerte. Y al final, como he leído en estos días en algún post: nos quitaron la patria y nos dejaron la muerte. Nunca fue con todos y para el bienestar de todos, porque como se dice en Rebelión en la granja: “Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”. El western se transformó en una película de zombis. Todo lo que se podía hacer, estaba prohibido; y lo que no estaba prohibido no se podía hacer. Y acaso sin saberlo se respondía a una sabiduría muy antigua, es posible recordar aquí el consejo para el buen gobierno que daba Septimio Severo a su sucesor: “Hijo, contenta a los soldados y olvídate de lo demás”.

Sin sueños, quiero decir sin aspiraciones. Aspirábamos (no sé por qué sigo la convención narrativa de hablar en pasado), a ver qué se “resolvía” para sobrevivir mañana. Y también detuvieron los relojes. Los bombardearon, como aquellos revolucionarios de 1830 que nos ha contado Walter Benjamin en Sobre el concepto de historia. El tiempo pasaba y los relojes detenidos en la hora “heroica” de la “liberación”. El momento grandioso que merece la permanencia. El instante que dura más de sesenta años. También fueron los años de la demagogia invertida: se anunciaban catástrofes terribles que luego no se cumplían del todo. Anunciaban apagones de cinco horas que se quedaban  en tres. Todos suspirábamos y decíamos: “Menos mal”. Y no nos importaba que llegara alguien como mi tío, un carnicero reconvertido en vendedor de huevos, a recordarnos: “En este país nos está matando el «menos mal»”.

No vale la pena venir a quejarse al muro de las lamentaciones. Los que tenemos más de sesenta años sabemos que nada podíamos hacer, salvo huir cuando llegara el momento. Hace poco un “revolucionario” uruguayo me reprochó irónicamente que no hubiera levantado barricadas en mi época de estudiante universitario, allá por los setentas. No sólo no las levanté: si hubiera visto a alguien levantarlas hubiera corrido a deshacerlas. Yo y todos queríamos vivir. Como fuera. Vivir. Y se le podría responder al uruguayo con un lúcido párrafo del siempre lúcido Orwell en su ensayo de 1949, sobre Gandhi:

“El punto clave aquí no es tanto que los británicos lo trataran pacientemente como que [Gandhi] siempre fue capaz de lograr publicidad. Como se puede ver por la frase citada más arriba, creía en el «despertar del mundo» lo cual sólo es posible si este tiene la posibilidad de oír lo que estás haciendo. Es difícil ver cómo podrían aplicarse los métodos de Gandhi en un país donde los opositores al régimen desaparecen en mitad de la noche y nunca se vuelve a saber de ellos. Sin una prensa libre y derecho a la reunión, es imposible no sólo apelar a la opinión exterior, sino también hacer que surja un movimiento de masas o incluso hacerle saber tus intenciones al adversario. ¿Hay un Gandhi en Rusia en este momento? Y si lo hay, ¿qué está logrando? Las masas rusas sólo podrían practicar la desobediencia civil si la misma idea se les ocurriera a todos a la vez, e incluso en ese caso, a juzgar por lo ocurrido durante la hambruna ucraniana, no hubiera surtido ningún efecto”.

4

La nuestra, la de mi generación, es ya historia antigua. Tanto los que perdimos la vida y nada supimos o pudimos hacer por recuperarla, como los que hicieron lo que pudieron y aún hablan de Diego Vicente Tejera, pertenecemos al pasado. Hay nuevas generaciones que no conocieron la grandilocuencia de la épica, ni les interesa la carga al machete. Hay nuevas generaciones que no quieren ser sacrificadas por algo que no pidieron, que no les concierne. Hay nuevas generaciones que, como Gandhi, han encontrado el modo de que se les vea y se les escuche. Vivimos en un siglo vertiginoso donde, para bien y para mal, no cabe la inmovilidad. Las redes sociales lo han transformado todo, para bien y para mal. Una isla perdida de la guerra fría no puede mantenerse a flote. Y no hay quien la levante en peso. El país mío sigue siendo joven, sólo que está aprendiendo a definir y a relatar. Han sido en su mayoría jóvenes los que han salido a las calles. Marginales, sin duda, porque todo el que no dirige la Biblioteca Nacional o presenta el Noticiero de Televisión, es marginal en Cuba. Jóvenes que han sido reprimidos brutalmente. Hay cientos de desaparecidos. Un muerto, al que para colmo intentan deslegitimar diciendo que era un delincuente, como si la vida de un delincuente (en caso de que lo fuera) costara menos. Como si las vidas costaran. Jóvenes que han gritado y se han escuchado. (Y viene una pobre escritora, con una sonrisita irónica y frívola a hablar de ridiculez). Jóvenes que exigen que no les arrebaten sus vidas. Y se han encerrado en habitaciones de un barrio de San Isidro. (San Isidro, donde continúan viviendo los humildes). Y han salido a la calle. Y han cantado Patria y Vida. Y se han expuesto a los golpes y los arrestos sin seguridades procesales. Esta es la verdadera rebelión de los humildes, con los humildes y para los humildes. Ahora los revolucionarios son estos. Opino que cualquier otra idea que aspire al pasado, a la disciplina, a la inmovilidad, es, sin ninguna duda, literalmente reaccionaria.