Krikalev en el espacio 2001
Krikalev en el espacio, foto de NASA Johnson

Si alguien no puede afirmar que la paz trae consigo ausencia de penurias es Serguéi Krikalev, el último cosmonauta soviético en la estación espacial Mir (paz, en ruso). Despegó el 19 de mayo de 1991 del cosmódromo de Baikonur; Kazajistán, exrepública soviética; como miembro de una tripulación internacional que completaban Anatoli Artsebarski y la británica Helen Sharman.

Lo que menos tuvo Krikalev en la Mir; un mazacote espacial muy soviético de 15 metros de largo y 89 toneladas, en órbita desde febrero de 1986; fue precisamente paz. Tras apenas una semana, la inglesa retornó a la tierra y poco tiempo después lo abandonó Artsebarski. Serguéi equiparó su compañía con la fugacidad del sol desde las ventanas de la estación: 45 minutos por las 17 vueltas diarias que le daba al planeta la Mir.

Por suerte llegó Alexander Vólkov en la Soyuz TM13, que lo acompañó a hacer ejercicios  para evadir la locura y la distrofia muscular que trae la ingravidez (se pierden 10 % de masa muscular y 1 % de masa ósea por mes) . Con él se puso al día con las noticias de la moribunda URSS, que finalmente murió en la Navidad de 1991.

Krikalev, sin país y sin retorno

Al desaparecer la Unión Soviética Krikalev era un hombre sin país. Como parte del desbarajuste, nadie se hizo cargo de los cosmonautas, la tierra estaba demasiado ocupada con sus tragedias para pensar en una “Paz” que se caía a pedazos, mal mantenida, filtraciones, apagones…

Cuando el 25 de marzo de 1992, tras 28 millones de dólares pagados por Alemania,  Krikalev pudo cortar su aciaga racha de 313 días botado en el espacio, lo recibió un país distinto al que lo despidiera y que nadie quería mencionar. Tras la primera foto, los circundantes corrieron a tapar las banderas rojas del traje. Para él, la paz no traerá nunca buenos recuerdos.

Temas interesantes de la revista