Foto Hexágonos de sal, Salar de Uyuni. Wikimedia Commons

Una de las mejores experiencias que viví en Bolivia fue disfrutar de las maravillosas vistas del Salar de Uyuni. Caminar sobre un mar evaporado cuyas luces resplandecen al incidir los rayos solares en medio de un frío seco es un recuerdo que siempre atesoraré.

Ubicado en el departamento de Potosí, se trata del mayor desierto de sal continuo y alto del mundo con una superficie de 10 mil 582 km². Además, despunta como una importante reserva de litio y posee importantes cantidades de potasio, boro y magnesio.​

Foto Terrones de sal de Uyuni

A Uyuni llegué procedente de La Paz después de un trayecto en autobús de más de seis horas. En un momento pensé que no iba a sobrevivir al viaje pues en el camino pasé el frío más grande mi vida. No solo yo, sino todos los periodistas y fotógrafos que viajaban conmigo a cubrir un evento deportivo.

Foto Salar de Uyuni

Hasta el Salar fui yo en busca de aventura pues nunca pensé que fuera a escribir sobre una competencia de las motos más rápidas del mundo. Y bueno, aquel día de agosto de 2017 tuvo lugar la Carrera Internacional de Velocidad Uyuni 3600. Y allí estaba yo.

Homologado por la comisión técnica de la Federación Internacional de Motociclismo, en el certamen se registraron ocho récords mundiales sobre dos ruedas en el que se superaron los 400 kilómetros por hora.

SALAR DE UYUNI, UN LUGAR MÁGICO

Aunque el periodismo deportivo no es mi fuerte, creo que hice unos despachos respetables y realicé algunas entrevistas a competidores. No niego que la experiencia fue magnífica, pero contemplar el pasaje ya era de por sí un regalo inigualable.  

Foto certamen internacional Uyuni 3600

Por varios minutos miré fijamente a mi alrededor. Luego cerré los ojos y continuaba viendo aquella maravilla. Mi éxtasis fue tal que olvidé cubrir mi cabeza con algún sombrero para protegerme del sol que paga muy fuerte por la altitud del lugar (a más de 3600 metros sobre el nivel del mar).

El resultado: una quemadura que ni sentí inicialmente, pero que ocasionó que perdiera la piel de una de mis orejas. Y creo que fue una especie de intercambio con aquel entorno extraordinario: yo me llevé unas vistas espectaculares y Uyuni se quedó con una parte de mí.

Siempre que pienso o hablo de mi estancia en Bolivia recuerdo aquella aventura que tuvo como prólogo la noche más fría de mi vida, pero que me regaló una experiencia única.

Caminar sobre un mar evaporado fue asombroso, aunque mágico también fue visitar un hotel de sal. Asombroso, ¿verdad? Allí desayunamos y comimos. Hicimos algunas entrevistas. Allí nos calentamos después de aquella madrugada de hielo que pasó a convertirse en uno de los días más emocionantes que he vivido.  

Foto Periodistas y fotógrafos en hotel de sal