Recientemente el llamado Movimiento San Isidro ha convocado a un diálogo nacional que supere la confrontación entre cubanos y permita avanzar hacia cambios democráticos en el país. Los regímenes totalitarios necesitan la confrontación interna, que el discurso oficial cubano presenta como el pueblo contra los gusanos, y de la externa (Cuba contra Estados Unidos). El totalitarismo es como un virus oportunista cuyo caldo de cultivo es el odio. Enfrenta a unos ciudadanos contra otros porque el odio es una emoción básica que bloquea el pensamiento; igual que el hambre. El odio, el miedo, la desconfianza y la desconexión entre los individuos son cuatro de las principales herramientas de control social de las dictaduras. Los que se benefician de la situación actual de Cuba −que están en ambas orillas del estrecho de la Florida− comenzarían a perder control el día que los ciudadanos cubanos inicien un proceso de diálogo político con respeto y empatía. En el mejor sentido del término, un diálogo es una transacción en un plano horizontal. Las dictaduras no dialogan porque el poder totalitario está por encima de los ciudadanos; es una relación vertical. La manera de revertir esa situación en favor de la democracia es precisamente mediante un diálogo entre los que están abajo. A nivel sicosocial, el resultado de ese diálogo debe ser convertir las herramientas de control del poder en sus contrarios: el odio en afecto; el miedo y la desconfianza en seguridad; y la desconexión en compromiso. Así será más fácil elaborar estrategias prácticas de lucha no violenta, comenzando por la desobediencia civil, la no cooperación, hasta la movilización pública.

Foto: Reynier Leyva Novo