Ningún país en Latinoamérica ha tenido que renacer desde sus cenizas luego de un conflicto genocida como el que enfrentó a Paraguay contra la Triple Alianza; ninguna otra nación del continente se vio a punto de extinguirse a manos de sus hostiles vecinos.

Aunque la revolución paraguaya en 1811 fue la más pacífica de las ocurridas en América (se saldó con par de cañonazos de salva frente a la casa del gobernador español), esto tuvo una contrapartida trágica tras convertirse en nación independiente, por los afanes anexionistas de Buenos Aires y las apetencias del imperio del Brasil.

José Gaspar Rodríguez de Francia, con su férrea dictadura nacionalista, mantuvo al Paraguay apartado del mundo, impidiendo la entrada de capitales foráneos e inversiones y aplastando toda oposición interna y externa a su gobierno. También dotó al país de un espíritu de autosuficiencia que sentó las bases para lo que vendría después, gracias a los gobiernos de Carlos Antonio López y su hijo Francisco Solano López.

El primero de los López, reconocido estadista, dotó al país de una infraestructura industrial que fomentó con la contratación de técnicos extranjeros. Así nacieron la fundición y arsenal de Ybicuy, el telégrafo en todo el país, el primer ferrocarril de trocha ancha de Sudamérica y los astilleros que botaron el primer barco con casco de acero del cono sur a principios de la década del 50 del siglo XIX.

Los logros de un país entre colosos (Brasil y Argentina), rodeado de selvas y caudalosos ríos, con feraces tierras y una población orgullosa de su estirpe y trabajo, removieron los recelos de las élites del imperio brasileño, los estancieros porteños y la banca inglesa.   Tomaron como pretexto errores diplomáticos y de conducción de Francisco Solano López y desataron el funesto conflicto que enfrentó a Paraguay contra la Triple Alianza; en el que también participó el Uruguay del títere Venancio Flores; que duraría desde 1865 hasta 1870.

En ese quinquenio perdió la vida el 75% de la población paraguaya y sobrevivieron casi en exclusiva mujeres, niños, ancianos e inválidos. Un país mediterráneo, que superaba el millón 300 000 habitantes antes de la guerra, quedó apenas con 200 000; gran parte de las riquezas privadas y del Estado desaparecieron, y la Argentina y el Brasil anexaron a sus territorios tierras paraguayas. Poco faltó para que el Paraguay quedara exterminado totalmente.

Esta tierra hermosa, a caballo entre ríos caudalosos y selvas que lamentablemente hoy se van perdiendo ante la rapacidad del cultivo indiscriminado, fue testigo del conflicto fratricida más grande de Latinoamérica: cuatro naciones que protagonizaron cinco años de guerra. Fue el escenario de la batalla de Tuyutí; la mayor librada en toda la historia de América del Sur (casi 60 mil combatientes), la de Curupayty; llamada “el Sebastopol Paraguayo” por algunos, donde el ejército guaraní masacró desde sus trincheras a los aliados, causándoles cerca de diez mil bajas, por menos de un centenar propias.

Soldado de caballería paraguaya durante la Guerra de la Triple Alianza

Soldado de caballería paraguaya durante la Guerra de la Triple Alianza.
Jose Ignacio Garmendia, CC BY-SA 4.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0>, via Wikimedia Commons

Antaño un país de esplendor y riqueza, en 1870 el Paraguay estaba en ruinas por doquier. Los templos y casas particulares fueron saqueados, cargándose con lo rapiñado los barcos brasileños y argentinos surtos en el puerto de Asunción.

Se promulgó una nueva constitución (más bien se adoptó la Constitución argentina de entonces) que sirvió de base para una nación que se negaba a desaparecer; se formaron y fundaron los dos partidos políticos principales: el Colorado y el Liberal; así como instituciones culturales educativas y económicas para el renacimiento.

Las fronteras, determinadas por tratados internacionales de límites, quedaron así: El río Paraguay separa al país del Brasil a la altura del departamento de Alto Paraguay y de Argentina al Sur, con la provincia argentina de Formosa (antaño parte del Paraguay). El Pilcomayo separa a Paraguay de Formosa. El Paraná es límite con Brasil y Argentina. El río Apa sirve de límite con el Brasil. Con Bolivia, el Paraguay tiene fronteras secas (hitos o fortines).

Renacimiento Tras la Guerra de Paraguay Contra la Triple Alianza

Un pueblo renaciendo de la conflagración, cual Fénix dependiendo de sí mismo, tuvo que reconstruir el país, soportando la ocupación invasora, con rapiña de todo tipo y las  violaciones de las paraguayas sin protección. También esclavizaron a niños paraguayos y a miles de ellos los enviaron a Corumbá como esclavos de los brasileños.

Las mujeres tomaron un nombre que las identifica ante la historia y que es sinónimo de entrega, heroísmo, estoicidad y espíritu indomable: “RESIDENTAS”. Ellas fueron las principales reconstructoras de la nación, labraron la tierra, ejercieron el comercio, la pequeña industria y al mismo tiempo procrearon para compensar la pérdida demográfica sufrida.

Fue la Gran Guerra de Paraguay contra la Triple Alianza una de esas empresas en la que todos los socios terminan en la ruina arrastrando consigo a la competencia. Sin embargo, sólo el Paraguay terminó derrotado. Es lo más traumático de toda su historia. Los presuntos victoriosos de la contienda, Argentina y Brasil – Uruguay fue siempre el socio menor que solo enterró sus muertos luego de las batallas sin recibir siquiera parte de los dudosos “trofeos” – hicieron descomunal sacrificio para un resultado misérrimo.

El valor real de los territorios conquistados por las armas fue muy inferior al costo total de la deuda externa, desequilibrio social, muertos y subdesarrollo. Se quedaron los brasileños con selvas amazónicas, miles de hectáreas de bosque virgen, sin lo único que quizás justificara el esfuerzo: los Saltos del Guairá. Paradójicamente, desaparecieron décadas después bajo la descomunal represa de Itaipú, la mayor hidroeléctrica del mundo, empresa binacional paraguayo-brasileña.

Todo el drama de la deuda impagable brasileña a la Banca Internacional nació con la Guerra Grande, condenándose el país a ser un gigante en potencia rico, pero siempre mendigo. La Guerra llevada tozudamente por el emperador Pedro II, terminó con este y toda su estructura política, 19 años después fue depuesto.

La Argentina ni siquiera logró los territorios codiciados, las pujas con su «aliado» brasileño lo impidieron; y su economía, floreciente por el esfuerzo de guerra, se deprimió al finalizar. Logró, eso sí, lo proyectado por Mitre: la unión y fortaleza del estado argentino bajo el liderazgo del puerto de Buenos Aires con el liberalismo mercantil como bandera.

Muerte de Francisco Solano López en el río Aquidabán, Batalla del Cerro Corá

Muerte de Francisco Solano López en el río Aquidabán, Batalla del Cerro Corá. 
Adolfo Methfessel (died 1909), Public domain, via Wikimedia Commons

El Paraguay quedó con una inmensa deuda de guerra, superior a la que Alemania impuso a Francia después de la guerra de 1870. En 1871, el gobierno paraguayo tuvo que contraer su primer empréstito de bancos británicos, de  1.438.500 libras, de las que llegaron al país unas 200 000. El monto inicial fue disminuido a alrededor de un millón, a cambio de la entrega a los bancos de 300 000 hectáreas de tierra fiscal.

El ferrocarril nacional, el telégrafo, los astilleros y todas las nacientes y pujantes industrias fueron destruidos, o intervenidos por compañías británicas. El propio Conde D’Eu (general supremo brasileño) supervisó la destrucción total de la fundición de Ibicuy, posteriormente incendiada e inundada.

A pesar de golpes militares, guerras civiles, nuevos golpes, otra guerra en el Chaco – con Bolivia durante tres años – y una nefasta dictadura de 35 años que se replica en la sucia política actual, el Paraguay permanece, en el corazón de Suramérica, entre pulseadas de sus gigantescos vecinos, quizás destinado a ser precisamente eso: un corazón que medie entre los gigantes que le rodean y no pudieron apagarlo. Hay quien dice que “el Paraguay es el país más rico del mundo, pues llevan siglos esquilmándolo y todavía tiene mucho que dar”.

Así, aquí, en el centro del continente, sigue Paraguay, el Fénix de América.