Foto de Marco Allasio vía Pexels

“Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el quinientos seis y en el dos mil también; que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafáos, contentos y amargaos, valores y dublé. Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente ya no hay quien lo niegue, vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos”.

Estas letras inmortales de “Cambalache”, del argentino Enrique Santos Discépolo suenan en son de tango en mi cabeza… y ruedan y ruedan y saltan y escuecen. Todo menos bailar. Bailar es un monumento a la alegría que eleva el alma y te transporta a un nivel superior. Hoy no quiero bailar. Hoy en mi cabeza hay un “cambalache”.

Para quien no sepa, ilustro: el término refiere a compraventa, a trueque, a cambia-cambia, a problema… muchas acepciones para la misma palabra que proviene del “lunfardo», una jerga originada y desarrollada en Buenos Aires, capital argentina, y su conurbación y otras ciudades cercanas como Santa Fe y Rosario (provincia de Santa Fe)…

“Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao… Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que si es cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón. ¡Pero qué falta de respeto, qué atropello a la razón!”

Y fue escrito y cantao en el siglo XX y se mantiene y eleva en el XXI. Estamos en medio de una pandemia y no cambiamos, criticamos a la gente del siglo XVI por su falta de higiene que causó las epidemias de peste bubónica y cólera y hay muchos que olvidaron hasta cómo lavarse las manos. Vivimos entre la impostura y la hipocresía.

Somos tan avanzados que resultamos idiotas. Somos tan imbéciles que espanta. Nos encanta chillar por nuestra libertad, pero a la hora de la imprescindible responsabilidad que conlleva el usufructo de la primera, nadie quiere hacerse cargo. Es la filosofía del “sálvese quien pueda”, del yo primero y el mundo después…

“¡Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón! Mezclaos con Stavisky van don Bosco y la Mignon, don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín. Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida, y herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia contra un calefón”.

Mientras muchos mueren sin alcanzar el aire, otros no nos dejan respirar con su avaricia. En medio de este quilombo nos aumentan la comida, los impuestos, los servicios. Un ladrón que hurta una cartera lleva cárcel y palos y una cadena de supermercados que te miente con los precios y te roba impunemente es viveza empresarial.

Y no protestes porque “eres un ridículo”. ¿Y quién es más ridículo, yo por reclamar lo mío o la multimillonaria empresa que no me regala nada? ¿Es acaso lícito para ellos meter la mano en mi bolsillo? Y luego hay que oírlos pregonar caridad y normas, religión y principios…

“Siglo veinte, cambalache, problemático y febril, el que no llora no mama y el que no afana es un gil. ¡Dale nomás, dale que va, que allá en el horno nos vamo a encontrar! ¡No pienses más, sentate a un lao, que a nadie importa si naciste honrao! Es lo mismo el que labura noche y día como un buey que el que vive de los otros, que el que mata o el que cura o está fuera de la ley”.

¡Ay, Discépolo! Pareciera que escribiste hoy tu “Cambalache”. Pasó el siglo XX y seguimos en las mismas: los de arriba pregonando cantilenas de futuro por venir y los de abajo absortos en el diario subsistir.