Fidel Castro. Foto: La República. pe

Hace 60 años Fidel Castro emitía, en uno de sus kilométricos discursos, sus ideas de qué y cómo “manejar” la cultura, a intelectuales y artistas, para que respondieran a su revolución en sus «Palabras a los intelectuales». Empezaba una era de “con la revolución todo, contra ella, nada”, otra forma de marcar la cancha sobre lo posible y lo imposible en Cuba.

“Nosotros hemos sido agentes de la revolución económico-social en Cuba.  A su vez, esa revolución económico-social tiene que producir inevitablemente también una revolución cultural en nuestro país”, decía Castro en su discurso, al justificar los demás planteamientos que vendrían.

La antes postergada reunión vino tras la censura del corto “P.M” de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez – Leal mostrando noches habaneras de jolgorio, entre sones y guarachas corriendo cerveza y los bailadores mostrando sus habilidades pero también el grado etílico al que llegaban las fiestas. Nada de particular, pero sí ofensivo para los nuevos tiempos.

LOS PUNTOS SOBRE LAS ÍES Y MARCANDO LA CANCHA

Habría que hacer un poco de historia. Poco antes de la “Palabras”, se había producido y derrotado la invasión de Playa Girón, por lo que el César Tropical asistía con la aureola del triunfo y el mallete cuasi divino de la infalibilidad. Y llegaba también el miedo de los intelectuales y artistas expresado directamente por Virgilio Piñera.

“Si la Revolución comenzó trayendo en sí misma un cambio profundo en el ambiente y en las condiciones, ¿por qué recelar de la Revolución que nos trajo esas nuevas condiciones para trabajar pueda ahogar esas condiciones?  ¿Por qué recelar de que la Revolución vaya precisamente a liquidar esas condiciones que ha traído consigo?”, tronaba Castro.

Y había temores más que fundados porque, a pesar de que cada uno explicó sus temores, lo que le inquietaba, el problema fundamental era (y sigue siendo) la libertad para la creación artística.  El propio Castro reconocía que “hemos improvisado bastante”.  Porque los dirigentes de la Revolución no tenían “la madurez intelectual” de otros.

Se erigía desde ya en peso y medida al decir: “Si los hombres se juzgan por sus obras, tal vez tendríamos derecho a considerarnos con el mérito de la obra que la Revolución en sí misma significa.  Y creo que todos debiéramos tener una actitud similar”, afirmaba Castro.

Y llamaba a “no presumir que sabemos más que los demás, que hemos alcanzado todo lo que se puede aprender, que nuestros puntos de vista son infalibles y que todos los que no piensen exactamente igual están equivocados”. Demasiado pronto el Cronos caribeño echó en saco roto tales asertos.

Virgilio Piñera expreso tras «las palabras a los intelectuales» el miedo que le había causado.

Palabras a los intelectuales y la contrarrevolución revolucionaria

Según Fidel, la preocupación que debía primar era la revolución misma, y no que esta desbordara sus medidas, de que asfixiara el arte, o el genio creador los ciudadanos, “lo primero es la Revolución misma. Y después, preocuparnos por las demás cuestiones”. Ergo, la libertad de escritores y artistas para expresarse, el espíritu creador, podía esperar.

Y lo más “sutil”, era la libertad de contenido.  A juicio del zar tropical, el meollo del asunto era “si debe haber o no una absoluta libertad de contenido en la expresión artística” y que por ahí venían los miedos: a las prohibiciones, regulaciones, limitaciones, reglas, todo lo que el tiempo se encargó de confirmar.

“La revolución defiende la libertad, ha traído al país una suma muy grande de libertades, no puede ser por esencia enemiga de las libertades; si la preocupación de alguno es que la revolución vaya a asfixiar su espíritu creador, esa preocupación es innecesaria, no tiene razón de ser”, decía Castro, en una más de tantas mentiras.

Cabrera Infante, víctima de las palabras a los intelectuales.

Y para colmo, la cuestión de temer no era por lo que se veía venir, sino porque quien las emitiera o padeciera no estuviera “seguro de sus convicciones revolucionarias, quien tenga desconfianza acerca de su propio arte, quien tenga desconfianza acerca de su verdadera capacidad para crear”. Entonces, si temías no eras un verdadero artista o intelectual.

Si quedan dudas, el remate fue este: “cabe preguntarse si un revolucionario verdadero, si un artista o intelectual que sienta la revolución y que esté seguro de que es capaz de servirla puede plantearse este problema.  El campo de la duda no queda ya para los escritores y artistas verdaderamente revolucionarios; queda para los que sin ser contrarrevolucionarios no se sientan tampoco revolucionarios”. 

LO ÚNICO IMPORTANTE: LA REVOLUCIÓN

Y desde entonces, todo lo importante sería la revolución, la idea y el hacer con y para ella, porque del resto, se ocuparían solo mercenarios o “artistas o intelectuales deshonestos”, que sabían “hacia dónde tiene que marcharse”. Desde entonces, todo aquel que no jugara en las líneas de la cancha marcada, sería un mercenario o deshonesto… y se marcharía, o sufriría las consecuencias. 

Con la justificación de siempre: el pueblo y su redención, se establecía la vara medidora, el peso estándar, “lo bueno y lo útil y lo bello de cada acción”. El resto es la “tragedia para quien no comprenda eso, quien sea más artista que revolucionario no puede pensar exactamente igual que nosotros”… Aleluya por los de la tragedia.

“Esto significa que dentro de la revolución, todo; contra la revolución, nada.  Por cuanto comprende los intereses del pueblo, significa los intereses de la nación entera, nadie puede alegar con razón un derecho contra ella”. Para quien aún no lo entendió: solo la revolución puede hablar por el pueblo, por la gente y nada que vaya en otra dirección, es permitido. 

¿FASCISMO TROPICAL?

Sin extender más las citas del (ya dicho) kilométrico discurso, se pueden analizar sus postulados; que eso no otra cosa fueron cada una de sus palabras; en el sentido de que dejaron bien claros los límites a la obra intelectual y artística y la categoría que cada artista o intelectual iría adquiriendo con el desarrollo o abandono de su obra.

Y más que todo, remedan tales postulados a las directivas del Ministerio de Propaganda de Goebbels (solo que en este caso, el propio führer tropical se encargaría del tema) sobre qué artista era o no ario, qué obras merecían el aprecio del pueblo o eran buenas para “la moral” y el Reich.

Se arrogaba Castro el derecho y poder supremo de decidir “por la revolución” y su “salud” lo que era cultura o digno siquiera de ser llamado arte. Teoría y práctica que sus sucesores ejecutan al pie de la letra, toda vez que quien no esté “institucionalizado”, ni es artista, ni intelectual, ni hace arte, ni transmite cultura.

Fidel Castro. Foto: Infovaticana.

MONTONES DE MIEDO, FUEGO Y SALIDOS DE CANCHA

Y temprano se vieron los resultados de aquellas “Palabras…” El libro Fuera de juego de Heberto Padilla en 1968 y las obras de Antón Arrufat y César López los llevó a la cárcel y a una declaración pública donde se llamaban contrarrevolucionarios. Intelectuales del mundo explotaron con una carta a Fidel.

“Creemos un deber comunicarle nuestra vergüenza y nuestra cólera. El lastimoso texto de la confesión que ha firmado Heberto Padilla sólo puede obtenerse mediante métodos que son la negación de la legalidad y de la justicia revolucionaria”, decía la misiva firmada por Vargas Llosa, Sartre, Beauvoir, Italo Calvino, Isaac Deutscher, Giulio Einaudi, Juan y José Agustín Goytisolo, Alberto Moravia, Ricardo Porro, Carlos Franqui, Jorge Semprún y Susan Sontag, algunos de ellos lejos de un pensamiento conservador o de derecha.

Sería infinita la lista de los represaliados, enmudecidos o emigrados por la asfixia que dejaron de hacer arte desde Cuba por aquellas pautas de hace 60 años. Escritores como Guillermo Cabrera Infante, Abilio Estévez, Reinaldo Arenas, José Manuel Prieto, Norberto Fuentes o Zoe Valdés. Otros se quedaron, adaptándose a los dictados o resistiendo, como Antón Arrufat, pero la presión sobre la creación ha sido una constante.

El escritor Abilio Estévez, emigrado a España. Foto: Editorial24.

EL MIEDO Y EL FUEGO…LA ETERNIDAD DE LAS PALABRAS A LOS INTELECTUALES

Desde allí solo puede catalogarse como represión lo que ocurre sobre cualquier contenido que no se considere útil a su causa. En la idea de que su supervivencia depende de tener a la gente de su lado, el régimen cubano decidió que no puede dejar en manos de los intelectuales la formación cultural del pueblo.

Muchos fueron y son excluidos y se construye una producción cultural en torno a un eje que prescinde o expulsa a los que no se conviertan en primer término en defensores de la política. La línea está más que clara: “Palabras a los intelectuales”, violarla, es salir de la cancha, es arriesgarse al ostracismo, la cárcel y/o el exilio.

Hoy, muchos como Tania Bruguera, Maikel “Osorbo”, o Luis Manuel Alcántara, llevan los epítetos y carteles de aquellas “Palabras”. No son ni “revolucionarios ni honestos”, pero; contrario a Virgilio; ellos no tienen miedo y derrumban los muros anquilosados de años y mentiras, porque, al igual que la mayoría de cubanos, saben que la Patria no admite esquemas y que al Cronos de la vetusta revolución, ya no le quedan hijos que devorar y todo el Olimpo le sabe las mañas.