El barrio donde está la sede del Movimiento San Isidro en La Habana tiene desde época colonial características de área marginal. Fue la “zona de tolerancia” donde campeó Yarini, el chulo más célebre de Cuba.

La atmósfera deteriorada del barrio San Isidro contrasta con el ambiente de exclusividad de esa otra parte de La Habana Vieja declarada Patrimonio del Mundo.

La mayoría de los muchachos que ahora están en la sede del Movimiento San Isidro (MSI) exigiendo la liberación del rapero Denis Solís ni siquiera son de por allí. Pero conocen bien ese contraste entre un barrio donde un balcón se desploma y mata a tres niñas, y una zona con una tienda Cuervo y Sobrinos donde se venden relojes a precio de Rolex.

Hay gente que lamenta la proyección marginal de algunos miembros del MSI. Creen que eso hace menos defendibles sus reclamos. Y creyendo tal cosa, de algún modo los marginan, porque les hacen menos merecedores de derechos que todo ser humano debe tener.

La marginación genera marginales, aunque no necesariamente. El propio Yarini es un caso a la inversa: de clase rica y educado en buenos colegios, era un tipo marginal. Pero la sensación de no tener determinados derechos y oportunidades, o tener menos que otros, puede influir en que una persona desarrolle comportamientos marginales.

Algunos especialistas dicen que el video donde el policía traspasa el domicilio de Denis Solís sería evidencia suficiente para inculpar al policía y que invalidaría la acusación que se hace contra él. Su reacción, sin embargo, es desafortunada: ofende verbalmente al policía; lanza una ofensa homofóbica contra Raúl Castro; y termina dándole argumentos al gobierno para acusar a todo disidente de mercenario al declarar a Trump como su presidente.

Pero Denis, como la inmensa mayoría de los cubanos, incluso los de mayor nivel educacional, no ha sido educado para reclamar derechos. La noción de que su domicilio es inviolable desaparece con la presencia de un policía que invade su hogar, porque le da la gana, y de paso lo filma bajo su propio techo.

Algo que sí le han trasmitido a Denis —y a casi todos los cubanos nacidos luego del 59— es que una sarta de ofensas es pertinente y “legítima” cuando se trata de defender una posición. Lo ha visto en el discurso agresivo de su carcelero contra todo el que como él disiente; ha visto los videos de Fidel Castro haciendo comentarios homofóbicos contra jóvenes cubanos; y posiblemente verá las ofensas de las turbas que agredían a quienes asistieron al Parque Central a apoyar las exigencias de sus amigos para que lo liberen.

Las personas que hoy se encuentran en la sede del MSI integran un grupo diverso: artistas, profesoras de nivel universitario, periodistas, un científico, un muchacho muy joven que tal vez ni tiempo ha tenido de graduarse de algún oficio o carrera. El promedio de edad allí debe estar alrededor de los 40 años. No todos son miembros del MSI; eso no es el MSI: es una muestra de la Cuba de hoy.

Afuera de la sede del MSI hay millones de cubanos que también se sienten desprotegidos, impotentes, empobrecidos, frustrados y sin esperanza; que han tenido que vivir al margen de la legalidad, conviviendo con el robo, el trapicheo, el invento; y en el mejor de los casos pasándola un poquito “bien” gracias a la caridad de alguien en el exterior. Si encima de todo eso, pesa la amenaza constante de un poder que puede violar tus escasos derechos cuando lo estime, sucede que la mayoría de los cubanos hemos vivido en la marginalidad.

No hay que coincidir con el estilo ni estar de acuerdo un ápice con alguna supuesta mancha interior del MSI. Para cerrar filas con San Isidro, es suficiente querer salir uno y sacar al país del bajo mundo.