Así se escucha la Ofelia

Las culturas tienen sabor, olor, texturas, tienen sonidos estridentes y melódicos. Cuando viajas a algún rincón del planeta buscando los paísajes turísticos más cotizados, mal haces en no buscar la profundidad cultural. Tomar buses con los lugareños, beber sus preparados en los chinchales, comer los platos de la gente de a pie, del pescador a la orilla del puerto y del campesino madrugador.

Si algún día decides conocer la Mitad del Mundo, o si ya vives en ella pero eres de los finolis que no te enfangas los converses, te recomiendo que vivas la experiencia de los mercados populares de Quito. Se distribuyen por dos días consecutivos en diferentes plazas de la ciudad. Acuden gente de todas partes de la sierra y la costa ecuatoriana. Qué mejor lugar que un mercado popular para interactuar con el país completo. 

Inmediaciones del concurrido mercado de la Ofelia.

El mercado de la Ofelia, ubicada en el norte de Quito, muy cerca del estadio de La Liga, es uno de esos sitios de encuentro ocasional de lo mejor de la tierra y el mar ecuatorianos. Abierto viernes y sábado, para el aprovisionamiento de restaurantes locales y despensas caseras. Se ve lo mismo pasar a un cocinero profesional con su filipina que a una abuelita guardiana de sabores ancestrales.

Mercado popular para todos

La idea que todos tenemos del paraíso es la abundancia de frutas y manjares interminables. La Ofelia es una pequeña probada de esa mítica locación eterna. Aunque pareciera caótico en un primer vistazo, el mercado tiene una lógica perfecta. Si bajas de sur a norte tienes una propuesta muy costera. Por lo general el plátano verde es más barato, encuentras el guarapo de caña (zumo de caña), los cocos llenos de agua, el ostión para la resaca. Es mucho más usual encontrar acentos del Chota y Quinindé.

Ir al mercado y no comer en el lugar más insalubre pero delicioso, no tiene ningún sentido. Como al descuido, aparecen las propuestas gastronómicas que ningún hotel 5 estrellas pondrá en su carta. Las sopas son clásicas en la comida del Ecuador, así que en La Ofelia puedes degustar sopita de almejas, caldo de menudo (pulmón, hígado, corazón y tripas en sopa). Los platos contundentes acogen al cerdo asado con tortillas de papa, pescado frito con arroz, morcillas dulces y saladas. Pero si te la quieres dar de afrancesado también tienen caracolitos con sus babositas bien condimentadas. Para niños puedes pedir las frituritas de maíz rellenas de queso con puerro. Vamos, delicatessen. 

Casi justo al medio, comienza la venta de animales vivos: patos, cuyes, conejos, gallinas. Para los que tengan un olfato agudo, podrán percibir el salitre en el aire, un pequeño bao de puerto pesquero, es allí donde el atún fresco, los famosos camarones ecuatorianos, pescados de todo tipo, pulpos, almejas y conchas negras esperan por el regateo de los amantes de los frutos del mar. En esta época (marzo) se percibe el tufo del bacalao salado, porque se aproxima la época de la fanesca (plato único de Ecuador, con 12 granos que representan a los 12 apóstoles y Jesús representado en el bacalao).

Remedio pa los males

Entre pescaderos campean por su respeto los vendedores de frutas y yerbas. Es raro aquello que no puedas encontrar entre los puestos. Todo está tan fresco que aún se conserva húmeda la tierra negra en las raíces. El perejil, la chiyangua (culantro), cilantro, diversos oréganos, albahaca, cedrón, caléndula son apenas los matojos más conocidos. Son tantas que sería imposible mencionarlas. Las viejitas, expertas engatusadoras, te cuentan para cuanto brebaje mágico sirven, solucionan desde males de estómagos hasta potencias perdidas en la frialdad de la cama. 

Las carnes, tan importante en la dieta de los lugareños carecen de refrigeración, pero ni falta que les hace, las reses, borregos, cerdos y pollos han sido sacrificados en el día, su buen color y olor delicado dan fe de su frescura. Para los gourmets hay de todo, pueden pedir sesos, testículos, mondongos y sangre fresca para cualquier plato al estilo Hannibal Lecter. 

Como diría un gran pensador anónimo: “El que no se embarra no goza”, por eso el que quiere disfrutar lo que cuento, que se ponga las chanclas, salga cómodo y déjese llevar por su intuición cultural. Los colores de la naturaleza y los matices culturales están a la vuelta de la esquina. Es cuestión de afinar los sentidos pues “solo había que vivir, sin miedos sin excusas…como Dios habría querido”.