Nicolás Maduro y la primera dama. Foto de Medios Públicos EP

El mandatario venezolano Nicolás Maduro accedió al diálogo con la oposición, si esta acepta sus reglas de juego. El presidente interino Juan Guaidó abrió el pasado 11 de mayo, la oportunidad de un debate entre las facciones políticas para solucionar la crisis social que vive la nación.

Luego de dos semanas de burlas e improperios tras las declaraciones de Guaidó, Maduro comienza a mostrarse, en apariencia, interesado. Aunque su respuesta genera dudas en los expertos. Una participación de la oposición en comicios podría suponer el fin de su mayoría parlamentaria y el control de alcaldías en zonas históricamente opositoras. 

Para que se concrete la propuesta opositora y se reinicie la participación democrática de todos los grupos políticos, Nicolás Maduro puso sobre la mesa las primeras pujas. El mandatario de facto exigió el “Levantamiento inmediato de todas las sanciones y medidas coercitivas unilaterales; reconocimiento pleno de la Asamblea Nacional y los poderes del país y la devolución de cuentas bancarias a Petróleos de Venezuela y el Banco Central de Venezuela”.

En pocas, Maduro plantea que la oposición abandone todos los mecanismos de presión y se someta a sus dictámenes sin garantía de respeto a la decisión popular. Lejos de ser una aceptación a la mesa de negociación es un reclamo de rendición incondicional. De ser aceptada esta acción de fuerza la Mesa de la Unidad Democrática y los miembros del interinazgo quedarán a merced de Partido Socialista Unido de Venezuela. 

Si Guaidó aceptara todas las peticiones de Maduro desaparecería como entidad gubernamental reconocida por las potencias occidentales y naciones latinoamericanas. 

Juego de tronos

Maduro está jugando a decir que sí cuando en la práctica ratifica un no. “¿Quieren negociar?”, dijo Maduro. “Pongo estos tres puntos. De ahí en adelante, estoy dispuesto a ir a donde quieran. Nos medimos el 21 de noviembre y que el pueblo decida”. 

El país pasa por una crisis social, política, sanitaria y alimentaria de envergaduras bélicas, pero es una ingenuidad mayúscula asumir que los que ostentan el poder real (Maduro y su gente) permitirán una transición pacífica en una justa carrera democrática por el control de la nación. 

Guaidó declaró que las conversaciones deberían iniciar cuanto antes, Capriles y su gente apoyan la iniciativa, lo que parece ser una propuesta afianzada en el ámbito opositor. Aunque no aclaró, el presidente interino dejó claro que ya está previsto un plan B en caso que las negociaciones fracasen. El tiempo es limitado y las maniobras se deben tomar en caliente. 

La oposición venezolana está entre la espada y la pared, los apoyos van menguando. Ahora les queda clamar por más sanciones para doblarles las rodillas a los chavistas o simplemente sucumbir a las exigencias de Maduro, con las consecuencias políticas y diplomáticas que esto supone. En las próximas semanas se definirán las verdaderas intenciones.