Bandera libertaria, foto de Janitoalevic, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Por Ethan Kayser

Este artículo no pretende imponer conclusiones predeterminadas, sino rescatar la idea de que la autoridad puede y debe ser cuestionada. De lo contrario aunque no lo sepamos, hemos perdido nuestro bien más preciado: NUESTRA LIBERTAD.

Dentro del discurso mundial se está instalando “nuevas formas” de pensamiento, que llaman la atención no tanto por su novedad sino por su similitud. Esta explosión no ha ocurrido debido a un descubrimiento repentino, estas ideas existían por debajo de la superficie desde hace mucho tiempo, pero la crisis de la COVID y sobre todo la atención mediática, la afluencia de información, (falsa o verdadera, objetiva o manipulada, diáfana o insidiosa) han servido como caldo de cultivo para catapultarlas hasta un lugar de primer orden que, debido al temor que se ha potenciado en las masas, resulta ser de muy fácil asimilación.

El coronavirus ha demostrado el fracaso del neoliberalismo.

Cuando se refieren al neoliberalismo, se debe entender como una alusión al liberalismo que,
según el parecer de algunos sectores, se ha readaptado a los nuevos tiempos.

¿Neoliberalismo del siglo XXI?

Las cifras de contagiados, de fallecidos, el colapso de los sistemas sanitarios públicos y privados en los países afectados parecen ser datos que respaldan tal afirmación. Sin embargo, por un lado, quedaría hacer una correcta definición de qué es el “neoliberalismo”, para luego determinar cuál ha sido el efecto en los países en donde es aplicado, si surgiera el análisis. Por otro lado, el acto de sacar conclusiones basados en cifras colectivas navega totalmente en contra de los principios e ideales liberales que reposan, como es sabido, en la libertad, el derecho y la responsabilidad individuales.

El “neoliberalismo”, (siendo más un producto de la fantasía creadora que una ideología), se ha convertido en el villano sobre el cual verter las culpas de las “fallas” del sistema de libre
mercado. Este hombre de paja es atribuido a todos los gobiernos que no se identifiquen con los movimientos de izquierda establecidos, independientemente de las políticas que implementen.

Así nos encontramos con que presidentes profundamente estatistas son tildados de
neoliberales, como Mauricio Macri, por ejemplo.

En América Latina el termino cobró aún más auge con el surgimiento de los Tratados de Libre Comercio, impulsados por el expresidente Bill Clinton. Concretamente el ALCA. A pesar de que
las denuncias se basaban en que este era un mecanismo de dominación de Estados Unidos sobre el resto del continente mediante el libre mercado entre mercados desiguales. Lo cierto es que este no era un mecanismo de dominación por su libertad sino todo lo contrario, por su proteccionismo.

Libertades de gestión privada

Suponiendo que la alusión sea hacia el liberalismo, ciertamente este no tendría cifras colectivas de referencia con respecto a la pandemia. No debido a su ineficiencia, sino porque los resultados dependerían exclusivamente de las prioridades y decisiones de cada individuo, por lo que, según el conjunto de factores presentes para cada persona en cada sociedad, los números serían mayores o menores sin que para nadie sea un dato de interés.

Con esto queda claro que nadie estaría obligado por fuerza coactiva alguna a usar barbijo, practicar cuarentena o distanciamiento social. Sino que cada individuo y cada empresa decidiría que medidas cumplir y que medidas exigir a otros para la interacción social, como ha sido el caso de Suecia.

Cerrado el ciclo del “neoliberalismo”, es importante destacar que opuesto al discurso lo que esta en peligro no es el sistema o la ideología. Sino la libertad, lo cual es más, mucho más grave.

El reclamo de que es necesario un gobierno que se preocupe por la salud del pueblo, es una golosina que esconde dentro el veneno insípido de la potenciación del estado, promoviendo un efecto en cadena. Ese gobierno para combatir a la pandemia comenzará por cargarse las
libertades individuales en virtud de un bien mayor: los derechos colectivos. Esta trampa a todas luces logra un objetivo noble (poner la población a salvo), pero sienta un precedente muy preocupante: las personas se acostumbran a dejar de escuchar la voz del sentido común para seguir, quizá sin necesidad de pensar mucho ni cuestionar, la voz de su líder.

«different» by simaje is licensed under CC BY 2.0

Individuo VS Pueblo

Sacrificar las libertades individuales a favor de la multitud abre la puerta a cualquier tipo de
dictadura, siendo en última instancia la democracia, una dictadura más. Esta trampa ha sido
activada a lo largo y ancho del mundo y uno tras otro en mayor o menor medida, todos hemos caído en ella. Motivo para meditar seriamente.

Es por eso que el liberalismo (o libertarianismo en Estados Unidos) no ha sido ineficiente, si es que es a esa ideología a la que se intentan referir. El liberalismo es responsabilidad y libertad; estos nunca son ineficientes. Cuando se sacrifica la libertad por cualquier otro beneficio, se termina perdiendo ambos. De cierta forma, entre la euforia de la pandemia y las medidas restrictivas “por nuestro bien” tenemos hoy con nuestra inconsciente complicidad, menos libertad que antes y en detrimento paulatino.

Sin embargo, el coronavirus no solo trajo esta consecuencia. Siendo honestos, el SARS-COV-2 ha destapado la caja de pandora, impactando fuertemente las economías, las sociedades, los
medios de comunicación, las redes sociales y en ningún caso para bien.

No es secreto para nadie que dentro de la batalla cultural que vivimos hoy, el progresismo y el conservadurismo son las dos principales variantes que se enfrentan con fervor en un pulso
desesperado. En todo esto los medios informativos y las grandes tecnologías no han dudado “ni un milímetro de segundo” (parafraseando a Nicolás Maduro) en tomar bando. Lo grave al respecto no es este acto en sí, sino que a su vez se han convertido en activistas políticos
aplicando la censura a nivel quasi stalinista.

Trump, nuevamente Trump

Este tema tiene mucha tela por donde cortar, debido a que los ejemplos son numerosos y se ejecutan de forma simultánea en varios frentes.

El estribillo una y otra vez repetido por el expresidente Donald Trump: “Rigged election!”, luego de ser aceptado como falso, engañoso o falto de contexto, fue corroborado de alguna forma por la revista Time en un artículo donde reveló toda una confabulación para “garantizar la democracia” mediante la victoria de Joe Biden. Esta estrategia contempló el cambio del
algoritmo de visualización en las redes sociales y en los mecanismos de búsqueda para que
beneficiaran a los demócratas en detrimento de los trump supporters; la promoción de
información que afectara a un partido y la censura contra lo que afectara al otro (Ejemplo: La
declaración de impuestos del magnate vs las denuncias de corrupción y pedofilia contra Hunter Biden).

El establecimiento de Factcheckers que llegaban al nivel de declarar falsa una
información en función de la interpretación que pueda hacerse de la publicación de un hecho
real; y la censura al impedir que se compartieran artículos que cuestionaran la transparencia de los resultados (aun cuando estos todavía hoy están en disputa) que en última instancia, es el derecho de cada cual a pensar y expresar lo que le parezca.


La parcialidad se ha adueñado de la vida política bajo el amparo de eufemismos como “información falsa”, “discurso de odio” o “llamados a la violencia” que penden más en la interpretación con buena o mala saña del oyente que en la intención del hablante. Plataformas como Parler pagaron el precio de enfrentarse al status quo, por respaldar “discursos ponzoñosos contra Estados Unidos”.

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