La Giraldilla en la Habana. Foto por alterius_ tiene licencia bajo CC BY-SA 2.0

Con la mirada perdida en el horizonte, la Giraldilla de La Habana representa una singular historia de amor, nacida en algún momento de la España del siglo XVI. Dicha figura rinde honor a Isabel de Bobadilla, quien después de la partida de su esposo, el conquistador español Hernando de Soto, aguardó su regreso desde lo más alto del Castillo de la Real Fuerza.

La efigie fundida en bronce subsiste inmóvil ante los barcos que se adentran en la bahía habanera, la misma que un día separó para siempre a la pareja.

Poco después de su designación como gobernador de Cuba en 1537 por la corona española, Hernando -de 43 años de edad- emprendió un viaje a la Florida en busca de nuevas aventuras y tesoros.

Isabel quedó el frente de la administración de la Cuba colonial, pero la responsabilidad de tan importante tarea no lograba apartar de su mente la imagen de su amado.

La Historia de Doña Isabel

Crónicas de la época relatan que pasaba mucho tiempo en el punto más alto del Castillo de la Real Fuerza, donde la brisa cristalizaba sus lágrimas y la tristeza amenazaba con ahogar cualquier rayo de esperanza.

Los muros de la poderosa edificación enclavada en La Habana no pudieron contener el lamento de la joven, quien nunca aceptó la muerte de su esposo en la década de 1540 a orillas del río Missisipi, en Estados Unidos.

Pese a las circunstancias Isabel no dejaba de soñar con el regreso de Hernando y solo la parca pudo terminar con la inconmensurable agonía de su ausencia.

Inspirado en la leyenda, el escultor cubano Jerónimo Martín Pinzón inmortalizó la figura de la dama al crear una pieza que fue colocada en el punto más elevado del Castillo de la Real Fuerza por orden del gobernador Juan de Bitrián y Viamontes hacia 1630.

La Giraldilla firme en el tiempo

Con 110 centímetros de alto, la efigie sostiene con su mano derecha el tronco de una palma (árbol nacional de Cuba), en cambio la izquierda, la del corazón, atesora una asta con la Cruz de Calatrava, orden a la que pertenecía Hernando.

De su cuello pende un medallón con el nombre del artista mientras su falda permanece recogida sobre el muslo derecho, detalle que establece un suave contraste entre recato y sensualidad.

Por varios siglos, la estatua -en representación de la fidelidad conyugal de Isabel- gobernó la cima del palacio capitalino hasta que un huracán la arrojó al patio el 20 de octubre de 1926.

Conmocionadas por el desafío de la naturaleza, las autoridades cubanas de aquella época decidieron cobijarla en el Museo de la Ciudad, antiguo Palacio de los Capitanes Generales.

La escultura debe su nombre al Giraldillo, imagen que corona el campanario de la Catedral de Santa María de la Sede de Sevilla, en España, ciudad natal de Bitrián y Viamontes.

Otra historia de amor en la Habana