Una dinastía (del griego δυναστεία dynastéia, «dominio») es una secuencia de gobernantes de la misma familia, generalmente refiriéndose a la monarquía. Aunque lo más habitual es que la sucesión hereditaria dentro de una dinastía se produzca por filiación, en ocasiones se hace por adopción. Se aplica el término también a cualquier sucesión hereditaria de cargos o funciones sociales dentro de la misma familia, en cuyos individuos; o designados; se perpetúa poder o influencia política, económica, cultural u otra.

La dinastía más añeja del mundo es la japonesa, conocida como Casa Yamato, cuyo origen se remonta al 660 A.C y una de las más famosas (por su trágico final) es la Romanov, de Rusia, cuyos miembros más prominentes; incluyendo al último zar, Nicolás II; fueron asesinados en 1918, en Ekaterimburgo, región de los montes Urales.

A propósito de esta malhadada dinastía por muchos años se dudó de la muerte de la Gran Duquesa Anastasia Romanova, algo dilucidado en fecha tan cercana como junio de 2007, cuando se halló la fosa donde fue enterrada… pero aún se expanden las teorías conspirativas de rigor en estos casos y, las dudas, dependiendo de quien las porte y expanda, siempre tienen un oído receptivo y otra boca transmisora.

Podría pensarse que la desdichada duquesa Anastasia recaló en el Trópico de Capricornio y de ahí reflotó sueños dinásticos que perduran en algunas de las decenas de islas que forman las Antillas. Para formar una casa reinante apenas se necesita un iniciador que ocupe el poder y lo mantenga férreamente para que el apellido permanezca entronizado, rigiendo los destinos de millones y medrando a costa de ellos.

La dinastía de zares del Caribe

¿Hay Romanov en el Caribe? Es posible, el príncipe Vladimiro Kirílovich de Rusia murió en Miami en 1991… así que pudiera ser que Anastasia recalara en otras tierras y levantara las ansias de línea de sangre familiar rectora de vidas y países. Hasta pudiera inferirse que esa transmisión de poderes resultara en dedocracia, donde hallara tierra fértil para enraizarse y expandirse, con miles añorando al fallecido “Padrecito Zar” y justificando los andares y desmadres de su linaje, por su soberanía adquirida.

No existe razón diferente que el reinado de una casta para exculpar la diferencia en los niveles de vida, de posibilidades de acceso a ventajas, de derroche y uso desmedido de dineros y riquezas, que de otro modo habrían de ser públicos o pasar por el escrutinio de la ley. Un apellido dinástico, no importa su tropicalidad, es el arma en ristre para entender a los émulos de los rancios Romanov, y su trascendencia en una tierra, cuyos súbditos sobreviven sin el lujo y el boato de la familia imperial.

En España y Europa han empezado a sonar campanas de aviso a las monarquías y casas reinantes sobre la inutilidad y gastos de su manutención. Son millones destinados a reyes, duques, príncipes y sus palacios, familias y poderes, que la gente se pregunta por qué no pueden ser destinados a mejores causas, siendo que los destinatarios no aportan nada. Ni dan, ni dicen dónde hay.

La familia que manda

¿Qué justifica la permanencia de una familia en un palacio, cuando el conquistador y autonombrado ya murió? ¿Su apellido? ¿De dónde salen los dineros que mantienen sus posibilidades mucho más arriba de la media, sus fastos, sus caprichos, su soberbia? ¿¡Quién o quiénes les dieron el derecho o la potestad de tenerlos y más allá de eso, ostentarlos!? ¿Por qué los sucesores lo son por la voluntad del apellido reinante y su corte? ¿Es que acaso se abandona la sucesión dinástica en pro de la dedocracia?

Sí, sí… supuestamente hay millones que proclaman el derecho de esa casta a lo que son y a estar, pero es mucho más que probable que los proclamadores emitan su grito vox populi y en la seguridad de su lar, se cuestionen sotto voce la legitimidad de lo que gozan los privilegiados, los apellidados, la corte, el generalato que los aúpa… no sé. Quizás Anastasia podría arrojar más luz sobre estos Romanov trasnochados, tropicalizados y dedocratizados que exhiben su rancio linaje en exquisitos carruajes y bailes de medianoche.

Sandro Castros, el amante de los carros de lujo.

Aunque también deberían recordar que así como a principios del siglo XX la dinastía rusa cayó de su trono, otros apellidos (hoy rancios e intocables) pudieran caer de sus sitiales con el fin de la dedocracia y verse expuestos a la ignominia por sus malos pasos. Y sin justificación válida alguna. Basta el cansancio de los hoy súbditos para que suceda.