De todos los escándalos que rodean a la Casa Blanca el de Watergate es uno de los más aparatosos y difícil de comprender. Se puede justificar una crisis política y un impeachment por una becaria suculenta en posición tentadora en el despacho oval, pero por hacer trampas para ganar elecciones que llevas ganadas, no hay lógica ni defensa.

Richard Nixon, el carismático  presidente número 37 de los Estados Unidos, ganó las elecciones de 1968 con 31 millones de votos. Durante su primer período aumentó su arraigo popular de manera meteórica. Cuando se presentó a su reelección en 1972 Nixon arrasó con 47 millones de votos populares, más del 60% del electorado, concretando una de las victorias más espectaculares de la historia estadounidense. 

Apoyo popular a Nixon. Foto de GPA Photo Archive

Pero por alguna razón, más asociada al narcisismo que a la política real, Richard creó un grupo especial conocido como “Los Plomeros”, dedicados a evitar filtraciones de información en la Casa Blanca durante la campaña del 72 y con la potestad de obrar de la manera que estimaran conveniente para debilitar al partido Demócrata o a facciones contrarias a él entre los republicanos. 

En la práctica fueron las implicaciones morales de estas acciones las que embarcaron a Nixon, pues los “Plomeros” no tuvieron que hacer nada para que el presidente fuese reelecto; ni existe evidencia alguna, hasta hoy, de irregularidades que subvirtieran el proceso democrático de entonces. 

¿Quiénes eran los plomeros?

El grupo especial creado por Nixon para robar información de contrincantes, pinchar teléfonos, grabar conversaciones, allanar recintos privados y realizar todo tipo de actividades de inteligencia, estaba formado, especialmente por cubanos; miembros, en su mayoría, de la sección autónoma de la CIA conocida como “Operación 40”. 

Este comando especial fue creado en marzo de 1960 por el entonces vicepresidente norteamenricano, Richard Nixon. La primera misión fue depurar a Estados Unidos de agentes castristas, misión imposible, hasta el sol de hoy. Operación 40 fue la encargada de hacer la inteligencia para la invasión de Bahía de Cochinos. Los nombres de sus miembros se pueden encontrar en el proceso investigativo de la Comisión Warren por el asesinato del mandatario demócrata J.F Kennedy. 

Estos cubanos estaban relacionados, de manera irrefutable, con Nixon desde que el régimen de Fidel Castro se había vuelto una amenaza clara para la estabilidad de la región. No es de extrañar la confianza para delegar en estos naturales de la Mayor de las Antillas, las misiones más contrarias al espíritu democrático americano. 

A diferencia de lo que la prensa oficialista cubana expresa, los cubanos destinados en estructuras de inteligencia, contrainteligencia, acción y sabotaje no eran defensores de una agenda americana contraria a sus intereses. Los cubanos defendían sus propios planes y más de una vez actuarían contra dirigentes norteamericanos si se obstaculizaba la lucha contra la dictadura comunista en la isla. 

La metedura de pata de Watergate

El hotel Watergate, en Washington DC, albergaba en 1972 la sede del Comité Nacional Demócrata. Por tal motivo era un punto estratégico para “los plomeros”. Los experimentados agentes vigilaron los movimientos del hotel, detectaron la entrada de servicio, en la cual los trabajadores ponían una cinta adhesiva para moverse rápidamente. 

Los infiltrados hicieron lo mismo para bajar y subir sin mayores contratiempos, pero el guardia notó la cinta fuera del horario laboral de los trabajadores de servicios. Naturalmente sospechó, así que dio la alerta a la policía y sin mucho problema cayeron mansitos.

Virgilio González, Eugenio Martínez, James McCord, Bernard Baker y Frank Sturgis son los nombres de los procesados. Todos vinculados a la invasión de Bahía de Cochinos y de los que no caben dudas que fueran respetados patriotas anticomunistas. Por sus relaciones con la CIA y por evitar más problemas, de los 40 años que debían cumplir en prisión por sus actos apenas cumplieron 15 meses. 

Virgilio González, Eugenio Martínez, James McCord, Bernard Baker y Frank Sturgis

Nixon derrocado

La historia posterior a los eventos de Watergate es digna de una serie de soplones, chivatos o sapos. De todos lados le saltaron enemigas a Nixon. Las conexiones de la Casa Blanca con lo ocurrido fueron expuestas por la prensa. La popularidad del presidente se desmoronó y la montaña de basura le crecía por día. El evento iniciado en 1972 culminaría con su dimisión en 1974. 

Entre los sepultureros del presidente se encontraba el Director Asociado del FBI, William Mark Felt, conocido por su seudónimo de testigo incógnito, “Garganta Profunda”. Este personaje pasó toda la información al The Washington Post, por lo que fue pieza clave en el asesinato mediático de Nixon. 

¿Qué cambió con la dimisión?

Nixon murió políticamente tras su renuncia. Pasaría a la historia como el primer presidente norteamericano en dimitir. Al montarse al helicóptero y despedirse para siempre del poder, se llevó junto a sí el proceso de distensión con la URSS. 

No pretendo acusar a los cubanos anticastristas de buscar conscientemente su derrocamiento para lograr acciones mayores contra el comunismo. Pero es un hecho que la distensión era un respiro para Moscú, pues con los acuerdos tentativos de reducción del arsenal bélico la URSS podría reacomodar su presupuesto y generar un fortalecimiento en los ámbitos económicos y sociales.

Para dar el puntillazo final al proceso incómodo de distensión, el régimen de la Habana inició de manera inconsulta la ocupación militar de Angola en noviembre de 1975. Asesinando el proceso de distensión y obligando a la URSS a entrar en un conflicto indeseable. Estados Unidos se había desembarazado de Viet Nam y los soviéticos se vieron metidos de nuevo en una Guerra Fría cada vez más caliente, por culpa del régimen de la Habana. 

Muchas veces los errores o eventos fortuitos son aprovechados para planes más elaborados. Watergate y el fin de Nixon fue un golpe a la credibilidad de la institución presidencial en Estados Unidos. Pero a la postre se usarían las consecuencias del evento en función de proyectos más grandes en los que la nación saldría más fortalecida, cumpliendo así la máxima de los apostadores que para ganar, hay que perder.

Incógnitas como castigo

Nunca sabremos a ciencia cierta qué fue a hacer a Cuba en 1978, Eugenio Martínez, uno de los detenidos en Watergate, ni entenderemos por qué solicitó contactar con el G2. Solo podemos decir que por su cuenta y riesgo se apareció un buen día en Cuba con su yate y se dio el lujo de un intercambio con la inteligencia cubana, según reconoció Fabian Escalante Font, General de Brigada, jefe del Departamento de la Seguridad del Estado desde 1976 hasta 1996.

Hasta hoy, los entramados que escapan a la historia oficial siguen levantando suspicacias.