El nombre de Julia Tuttle (1849-1898) todavía se respira en las calles de Miami y su alma emprendedora convive en una ciudad que no ceja en el empeño de crecer hasta ser referente de prosperidad. Por tanto, hablar de la mujer es hablar de la urbe porque conforman un singular romance a prueba de tiempo.

Fue sin dudas el amor el que condujo la labor empresarial de la joven nacida en Cleveland, Ohio. Con afán y cariño dedicó parte de su vida a plantar la semilla del desarrollo en una ciudad cosmopolita que hoy cobija a miles de emprendedoras latinoamericanas que llegan allí con una maleta llena de sueños como único equipaje.

«Puede parecerle extraño», le dijo en cierta ocasión a un amigo, «pero el sueño de mi vida es ver este desierto convertido en un país próspero», expresó al referirse a la ciudad de Miami, de la cual es -indiscutiblemente- su progenitora.

La historia de Julia no solo es fascinante por haber sido la primera estadounidense en fundar una ciudad (Miami), sino que resulta muy interesante ahondar en su personalidad para comprender los motivos que la llevaron a comenzar semejante aventura en una época patriarcal y convencionalista.

Y es que uno de los aspectos más encantadores de su persona fue la aptitud que tenía para desempeñar actividades comerciales que abrieron el camino a lo que después sería un triunfo personal y -más importante aún- una muestra de lo que puede llegar a hacer una dama.

Julia sembró la semilla del amor y la constancia en una zona pantanosa de Florida y visualizó una metrópoli desarrolla, hermosa y bendita. Y es verdad que no pudo verla tal y como luce en la actualidad, pero plantó un sueño de oportunidades para muchas mujeres que cada día le agradecen.

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DESDE EL DOLOR, UN GRITO DE AMOR

La viudez sorprendió a Julia siendo todavía joven. Su esposo contrajo tuberculosis y murió a consecuencia de la enfermedad. Quedó con la responsabilidad de dos hijos y el dolor de la ausencia que solo encontró consuelo en sus planes creativos.

Así comenzó el sueño de la fundación de Miami. Cuentan que Julia no conoció Florida hasta 1874, a donde llegó con el propósito de visitar a su padre que se había mudado al área de Lemon City.

No necesitó mucho tiempo para ver el potencial del lugar, del cual se enamoró además por su belleza y las posibilidades de cultivos que ofrecía el clima cálido de la región. Allí encontró una fuerte motivación para iniciar un plan ambicioso. En Florida volcó todas sus fuerzas a fin de hacer de aquel lugar desierto un territorio próspero.

Pasaron algunos años para que se estableciera en la tierra prometida. Murió primero su esposo, después su padre. No se dejó avasallar por el sufrimiento, sino que emprendió un sueño, vendió su casa en Cleveland y se mudó a la Bahía de Biscayne con sus hijos.

Una vez instalada, aprovechó tierras de la familia a las cuales sumó 640 acres justo donde ahora se encuentra el centro de la ciudad de Miami, en el lado norte del río, incluido el antiguo Fort Dallas.

JULIA, TRAS EL SUEÑO DE LA PROSPERIDAD

No sabemos por qué -quizás fue su sexto sentido femenino- pero Julia estaba convencida de que aquella zona se convertiría en una gran ciudad y centro de comercio de Estados Unidos con Suramérica. Ella fue una iluminada, que además comprendió que llevar el ferrocarril hasta allí era indispensable.

En ese sentido, se esforzó para convencer al multimillonario Henry M. Flagler, a quien conocía de sus días en Cleveland, para que llevara su vía férrea a Miami. Sin embargo, este se negó hasta al ofrecimiento que ella le hizo de compartir tierras. 

Henry M. Flagler and Julia Tuttle

Aquella negativa no la amilanó. Tras la gran helada de 1894 y los desastres que causó en cultivos de naranjos en Florida, ella envió a Flagler una rama de azahar mostrándole que aquella área se había salvado de la congelación.

En cambio, algunos afirman que fue una cesta de naranjas el regalo que ella expidió al empresario. Dicho gesto lo hizo meditar en la gran oportunidad que tenía ante sus ojos. Hoy, hasta los naranjos agradecen a Julia por su empeño al cubrir gran parte de las tierras de Miami con abundantes cosechas.

El magnate -severamente afectado por las consecuencias del fenómeno meteorológico- cedió ante el arte persuasivo de Julia y aceptó llevar el ferrocarril a Miami registrándose la primera gran entrada de un tren el 22 de abril de 1896.

De acuerdo con registros históricos, el 28 de junio de ese mismo año un grupo de residentes (hombres) votó para incorporar la nueva ciudad, de la cual Julia fue su impulsora y madre. Por tal motivo, la primera lavandería de la ciudad y la panadería originaria fueron iniciadas por ella.

Abner Knowlton’s 1896 plat of the Miami town site shows the original street grid of the City.
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Source: HistoryMiami Research Center

JULIA, MADRE DE MIAMI

Tras su muerte a la edad de 49 años Julia dejó a su familia una gran deuda, en parte debido a sus concesiones de tierras altruistas a Flagler. Con el propósito de sofocar dicho compromiso, sus hijos vendieron los terrenos que les quedaban.

Quizás por esas acciones su nombre quedó opacado hasta renacer en una calzada de la Interestatal 195 sobre la Bahía de Biscayne y en una estatua en Bayfront Park, cerca del parque infantil.

«Puede parecerle extraño», le dijo en cierta ocasión a un amigo, «pero el sueño de mi vida es ver este desierto convertido en un país próspero», expresó al referirse a la ciudad de Miami, de la cual es -indiscutiblemente- su progenitora.

Establecida de manera oficial el 25 de octubre de 1895, la urbe representa el sueño de Julia pues abre sus brazos a personas de todo el mundo que buscan una mejor vida. Aquella tierra baldía y pantanosa que vio en sus inicios es hoy fuente de oportunidades para miles de mujeres latinas y sus familias.