Bahía de Santiago de Cuba, vista desde la casa del primer gobernador español de Cuba, Diego Velázquez. Foto: Autor.

Para saber qué es Santiago de Cuba hay que vivir en esa, la segunda ciudad cubana, que se asoma desde las faldas de la Sierra Maestra al Caribe grande. Cuando los ingleses tomaron La Habana en 1762, fue la capital por once meses. Yo sí puedo alardear de conocerla.

Allí me tocó la Universidad en los albores de la crisis de los 90, conocida como “Período especial en tiempos de paz”, algo así como una versión tropical de la Nueva Política Económica, con la que Lenin pretendió sacar a la Rusia Soviética de la devastación y el hambre de la Guerra Civil, solo que en la Isla probamos los efectos varias décadas después y persiste el hambre y la devastación.

El sempiterno bloqueo; pasado y presente latiguillo para justificar todo lo que no hay y/o se hace en Cuba; puso la cosa mala cuando, al decir de Fidel, “se desmerengó el campo socialista”. Descubrimos; dicho por él; que por 40 años nos inundaron con chatarra obsoleta en industrias y transporte, consumidores y poco resistentes al trópico, y contaminantes.

Ladas, Moskvich, Zil, Waz, Gaz e Ikarus no resolvieron el problema del transporte público ni el privado, porque pocos tuvieron los propios, pero eran los únicos que entraban a la Isla en los barcos rusos, lo mismo que las locomotoras, tractores y todo electrodoméstico.

La gente se amontonaba en las agencias de pasaje para reservar con un mes de antelación y viajar, si es que ese día había ómnibus o tren disponible, o si había combustible para hacer el viaje, en fin, Odiseo se veía chiquito con su retorno de 20 años desde Troya.

Vagones de un tren «lechero». Foto: Redes Sociales.

VIAJAR EN TREN, PRIMERA PARTE DE LA ODISEA A SANTIAGO

Y así me tocó ir en el tren 1500 Camagüey – Santiago, en una jornada que supuestamente llevaba seis horas, pero que se convirtieron en 18. Paraba en todas las terminales, se rompió la locomotora y debieron traer otra. En Cacocun, cruce de la provincia de Holguín, hubo que esperar al 1501 que venía de Santiago con dos horas de atraso, para poder seguir.

Al montarme en el viejo y chirriante vagón, vestido con una camisa celeste de mangas largas y unos jeans comprados para la ocasión y con la ilusión de la vida más allá de la fronteras de mi Camagüey natal y en una residencia universitaria, enseguida me percaté de la pésima elección de ropa.

El último lavado de los vestidos de la mayoría se remontaba a semanas antes (como los cuerpos de sus dueños, durmiendo por días en la terminal en lista de espera), el olor a hierro viejo y oxidado se mezclaba al de la suciedad del carro y la humana, el baño si alguna vez lo limpiaron fue en la época colonial y el hedor compartido era de dimensiones bíblicas.

Así son los llamados “trenes lecheros” de Cuba, pero en ese entonces yo no lo sabía, siempre había viajado en el “especial”, de vagones más limpios, ferromozas con uniformes casi de gala que hacían de la atención al viajero la razón de ser de su trabajo sobre ruedas, cerrado y con aire acondicionado.

Cuando por fin puse el pie en la terminal de Santiago, el Neanderthal que corrió más en los páramos tras un mamut olía a rosas a mi lado, pero la ilusión de estar en el preámbulo de mi carrera me hizo pasar por alto tal nimiedad. Además todos hedían igual o peor que yo, así que a mal de muchos, consuelo de tontos.

Antiguo cruce de ferrocarril frente a la loma de Quintero, hoy desactivado pues el tren entra y sale de Santiago circunvalando la ciudad. Foto: Autor

LA LLEGADA A SANTIAGO, ¿FINAL DE LA ODISEA? ¡NI POR ASOMO!

Pero lo malo del caso es que me enteré que el tren pasaba frente a la Universidad e incluso hacía una parada, por lo que debía regresar a pie casi cinco kilómetros en una ciudad que no conocía, de noche y con un hambre atroz (acá envidié al Neanderthal otra vez, por lo menos él tenía mamuts que cazar y comer).

Sin otro remedio, recordé mi reciente vida militar y su entrenamiento, agarré fuerte mi mochila y maletín, tomé un sorbo del poco y caliente aire que soplaba, apreté los dientes y otras partes y me largué a caminar hasta la loma de Quintero, donde radica la Universidad de Oriente “Antonio Maceo”, hoy una parte de ella conocida simplemente como Quintero.

Cuando miré la escalera que llevaba del campus a la residencia estudiantil, deseé haberme tirado del tren aún en marcha. Apenas se atisbaban las luces de los edificios entre el follaje. ¡Trescientos escalones, y sin una luz que permitiera ver más allá del túnel de árboles que la flanqueaba! (el número lo supe al subir, claro está).

Demoré casi 20 minutos en subirla y eso tratando de que mi lengua no se enredara entre mis pies, llegando al edificio que me correspondía con mis últimas fuerzas. Por suerte era el primero de toda la residencia.

Viviría en el segundo piso y el único de mis compañeros ya presente era el holguinero Orestes, de la Orden 18 (permitía a los salidos del Servicio Militar cursar la Universidad). Otro ex militar en el mismo espacio, este con la atroz experiencia de la guerra en Angola. Material explosivo para cinco años de carrera, que al final produjo una buena amistad.

Entrada a la Universidad de Oriente, hoy sede Quintero, tras la unificación de varios centros de Educación Superior.

LA PRIMERA NOCHE EN SANTIAGO… SOLO EL PRINCIPIO DE LA ODISEA

La conclusión de esta larga jornada fue ni más ni menos que el primer temblor de tierra que experimenté en mi vida. Nos habíamos acostado muertos de cansancio a las 23.00 y cerca de la 1.00 nos despertaron fuertes sacudidas de las camas y ruido de cosas cayéndose, gritos y corretajes.

Aún con el sueño a rastras, salimos en bolas o medio en bolas al balcón, donde tuvimos una visión clara de la forma en que hombres y mujeres dormíamos. La colección de batas, tangas, colaless, shorts y camisetas, desaparecía entre algunos pares de bolas, tetas y alguna otra cosa al aire de la noche.

Y ahí estuvimos comentando y dejando pasar los nervios del suceso, hasta que, poco a poco, tomaban conciencia de sus respectivos atuendos al pasar el susto y subrepticia o velozmente, se refugiaban nuevamente en sus camas. Conclusión que se antoja cinematográfica al imaginar su representación en la pantalla grande.

Fue bastante para estar de acuerdo con el poeta que dijo: “Es Santiago, no os asombréis de nada”.