El torneo preolímpico de béisbol de Miami ya tiene sus primeros resultados, pero más allá del deporte, varios hechos resaltaron en el primer partido de Cuba: gente “de ambas orillas del Estrecho de la Florida” en abierta confrontación ideológica y un cartel en medio de la transmisión televisiva que decía: “DÍAZ CANEL SINGAO”.

Para la mayoría de los latinos, el término aplicado al presidente cubano resulta llamativo; lejos de una connotación sexual tiene una carga de protesta ofensiva contra el gobierno en la persona del mandatario; y para el resto, incomprensible. Llamarle así a alguien en Cuba es ni más ni menos que eso: una ofensa en tono de protesta contra lo que representa.

EL ROSTRO

El rostro bajo el cartel era el de Adalixis Almaguer, una cubana nacida “en el valle intramontano de Managuaco (Holguín, Oriente de la Isla) – así le gusta definirse – y emigrada a Estados Unidos en 2004, tras obtener una de las visas sorteadas en 1998 por la entonces Sección de Intereses de ese país  en Cuba.

La conocí hace más de veinte años en la Universidad de Oriente, cuando en Santiago de Cuba sorteábamos las peripecias de una carrera en común y amada por ambos. Las diferencias etarias no impidieron que nos relacionáramos por algo que compartimos: el amor por la lectura, la sed de aprender y cuestionar.

EL CARTEL

Ingresó al estadio de Miami con la intención de ver el juego de su selección nacional pero también de manifestar lo que piensa sobre lo que pasa en su tierra natal. “Pero los estadios tienen política de prohibición de elementos. Todo aquello que pueda distraer al jugador se prohíbe. No nos dejaron pasar los carteles que teníamos preparados”, dice.

Nos cuenta que “estando dentro una pareja sentada en la parte de atrás se estaban tapando el sol con una cartulina ya escrita… pero no querían pasar al frente porque estaba lleno de segurosos (delegación cubana) y no dejaban pasar… enseguida llamaban a la policía porque decían que no les dejábamos ver el juego…”

Y no se dio por vencida – conociéndola lo dudo – así que les pidieron la cartulina e intentaron ponerla pero vino la seguridad y la mandó para atrás. Tuvo que irse… “De todos modos no se veía bien el cartel”, se queja.

“Entonces voy a devolverlo y les digo que no se ve bien. Me dice el hombre de al lado que tiene un marcador, que es de otro color… y le digo ¿me lo prestas? Porque por experiencia sé que si haces las letras de cortos trazos diagonales en vez de líneas sí se ven. Y el hombre me lo prestó… y manos a la obra”, narra Adalixis.

LA TRANSMISIÓN

Se fue otra vez al frente donde estaba toda la seguridad cubana, pero a la izquierda había un hombre que debía ir a su carro y le permitió sentarse allí hasta su regreso. “Ahí esperé  hasta que Cuba estuviera al bate para que no pudieran cortarlo allá… y lo demás ya lo sabes”.

“Todo el tiempo que el cartel estuvo arriba, ellos estuvieron protestando que no podían ver el partido, hasta que vino la policía y me retiró el cartel, pero ya habíamos estado al aire, ya el objetivo se había cumplido”, dice con el orgullo pícaro de quien se salió con la suya, con tono de: “En tu cara”.

“Al que más protestaba le pregunté: ¿De verdad te importa más el resultado de este partido que el sufrimiento de tu pueblo? Y me dijo que sí, en mi cara me dijo que sí. Y empezaron a decirle cosas y otro saltó: seguroso ¿y qué? Bien desafiantes. Y ya no pudimos ir más al frente porque todas esas hileras eran de ellos, pero desde donde estábamos aún nos decían desde Cuba que se oía cuando gritábamos ¡Patria y Vida!”, resalta Adalixis.

LAS IDEAS

Su historia es una más entre miles. De disgustos y encontronazos, de despertares amargos. “Siempre tuve el Horizonte más allá de mi pared de agua pero el catalizador, lo que me hizo decidir que no había otro modo y que si no hubiese sido por esa vía hubiese sido otra fue que  mi niña llegó un día a la casa con 3 añitos preguntándome por El Che, que quién era, que le habían dicho en el círculo que debía ser como el Che y le enseñaron a recitar una poesía sobre el Che”.

“Y a mí me dolió mucho el saberme adoctrinada y que mi familia hubiese sido parte del abuso, y que mis maestros desde la primaria también. Y que UNICEF no mirase eso, lo ignorase… yo no podía dejar que mi hija pasara por eso… ella era mi responsabilidad y yo la iba a criar en libertad”, dice con amargura.

“Desperté por los libros. Comencé a leer con avidez a los 7 años y no paré y no podía entender que me habían enseñado a leer para luego prohibirme los libros. Esa duda me abrió los ojos. ¿Qué libros era prohibido leer? ¿Por qué? Qué débil e injusto era un sistema que temía a los libros…”

EL DURO OFICIO DE DESAPRENDER

Y desaprender fue el camino más largo. “Cuando llegué a EEUU y contaba a conocidos y compañeros de trabajo las razones de Cuba nadie lo podía creer. Era más surreal que cualquier imaginario popular. Yo estaba herida. Había dejado atrás mi profesión, la que siempre soñé, mi familia rota, mis amigos, el valle intramontano de Managuaco donde nací”, dice Adalixis y el dolor brota hasta por la vítrea pantalla que exhibe el mensaje.

 “Me dolía que me hubiesen borrado de todo, censurado mi trabajo periodístico de 8 años, que me llamaran traidora, que por decidir vivir fuera se creyeran con el derecho a arrebatarme hasta mi condición de cubana”, cuenta una historia repetida hasta el infinito. Y en esos años duros en los que no era de allá pero aún no era de aquí, en ese tiempo de no pertenecer, de no tener tierra más que en el recuerdo, callé”.

“Pero sané, porque uno aprende a vivir con los dolores más hondos, a domarlos, y aquí estoy. Siempre digo que cuando se cuenten los actos despiadados de los malos se contará entre ellos el silencio de los “buenos” y por eso presto mi voz. No quiero la sangre del castrocomunismo en mis manos. Y porque pienso en los desamparados,  en los rotos, en los que no tienen a nadie en otro lado…”, cierra el diálogo.

Indudablemente hay muchas heridas que sanar en ambas orillas, más bien en cada rincón del mundo donde un cubano alienta. Más allá de posiciones extremas está algo que es de TODOS, o debe serlo: CUBA y, al parecer, es lo más duro de entender por muchos.