Chicas felices en fiesta de besos, foto de Dominic Alves

Para nadie es un secreto que los períodos de tragedia; más si son prolongados; como guerras, epidemias, catástrofes naturales o provocadas traen aparejados con su final otros de desenfreno en toda línea, causados por la sensación de liberación y de victoria ante el simple hecho de seguir vivos.

Malvivimos en este 2021 con una pandemia que; aunque solo ha causado una letalidad del 1% entre sus infectados; cercenó cerca de tres millones de vidas, con más de 100 millones de contagiados y contando. En 2024 podríamos entrar en pospandemia, según el sociólogo, médico y profesor de la Universidad de Yale, Nicholas Christakis. Falta bastante, pero…

Tras más de un año de encierros, llantos y lamentos, estrés, pérdidas económicas y de todo tipo, la esperanza aflora con las vacunas, mas pasará un buen tiempo antes de conseguir la inmunidad de rebaño. En el medio, ha pasado de todo: negación, teorías conspirativas, descuido, estupidez, llamados a la cordura y muerte, de personal de salud y pacientes.

Dejemos la cotidianidad, porque es lo que vemos con solo atisbar las noticias o salir a la calle y miremos más allá, hacia ese futuro al que aspiramos a llegar vivos y; dicho en buen cubano; hacer el cuento. Estamos HOY en uno de esos ciclos macabros de la Humanidad que se repiten cada cien o ciento y algo de años, alarguemos el cuello para ver más allá.

Fue tradición siempre el declarar el fin de una pandemia con fiestas, desenfreno y goce; repito, como única o mayor razón; por el seguir vivos. Desde la antigua Grecia, pasando por la culta Europa tras las pestes (bubónicas o no), las gripes y cuanta enfermedad llevara a la tumba a la gente, los sobrevivientes celebraban no haber ido a parar en los cementerios.

Si el cuerpo pide fiesta…

Y no hay que ser un gran entendido ni estudioso para saber que tras el encierro, la angustia, las pérdidas de toda laya, la gente largará el ímpetu; fruto del alivio también; contenido en todo este tiempo. El sufrimiento por lo pasado se trocará en frenesí por estar en el número de los vivos y eso se verá en cada rincón del mundo.

La gente repoblará las discotecas y clubes, hará esos viajes que antes postergaban porque “ya habría tiempo”, con la certeza adquirida de que nunca se sabe qué pasará en el siguiente minuto. Volverán a poblarse los restaurantes, los bares, las playas, los hoteles… hay quien augura que se vivirá un carnaval intenso y extenso, hasta que llegue la calma.

Fruto de ese frenesí, lloverán los llamados “hijos del carnaval”; algo tradicional en América y sobre todo en Brasil, criaturas que vienen al mundo en octubre y noviembre, concebidos en febrero entre tragos, samba, rumba y fiestas… en fin, en carnaval. Algo parecido se espera, porque el desenfreno sexual también cuenta como natural tras tanto encierro.

Habrá tantas cosas reprimidas en varios años de angustiosa espera tras el paso del virus y sus desastres, que la naturaleza humana estallará en gozo por sobrevivir. Psicológicamente hablando: al síndrome de la pandemia le seguirá la abreación (descarga o liberación) emocional. Será como un dique al romperse, por el que fluye el agua antes retenida.

En fin, por el momento a cuidarse y vacunarse, a la espera de que millones de idiotas (que abundan más de lo que cualquiera puede imaginar) hagan lo mismo hasta que el covid 19 vaya perdiendo fuerza y letalidad y entonces, al decir de mi abuelo: “Abre la talanquera y quítate, que viene la estampida del ganado”.