Busto de Dulce María Loynaz en Puerto de la Cruz, Islas Canarias
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Poetisa por excelencia, Dulce María Loynaz legó a Cuba y al mundo un sinfín de pasiones que ni siquiera las páginas de sus libros pueden contener. Ella sigue siendo más grande que todo lo que escribió. Fue una mujer extraordinaria que quiso guardar las últimas rosas para alguien, pero estas -sin duda alguna- le pertenecen.

Nacida en 1902, desde muy joven se interesó por la literatura, pero estudió Leyes, profesión que ejerció durante algunos años, sin dejar de escribir porque era lo que verdaderamente la apasionaba.

Como creadora cultivó más de un género, aunque fue la poesía el medio por el cual desnudó su alma y cautivó a miles de seguidores que hacen suyos versos nacidos de amores tardíos, de la fe en la vida y en Dios.

Su verso fascina -entre otras cosas- porque expone la intimidad de una mujer que ardió en la pasión de sus rosas, aquellas que siempre guardó con celo para el amor que llegó tarde, al cual le suplicó que – al menos- le trajera paz.

La sencillez caracterizó a quien siempre fue grande y nunca buscó fama ni reconocimiento público. Sin embargo, fue en ocasiones altiva, fuerte y sutil, ejemplo de ello son los versos en los que sentencia:

“Si me quieres,

no me recortes:

¡Quiéreme toda…

O no me quieras!”

LA LOYNAZ, SIEMPRE EL AMOR EN SU POESÍA

En Poemas sin Nombre, escritos en prosa e identificados con números romanos, la Loynaz recurre a elementos naturales como el aire, el sol y la luz. Imposible la ausencia del amor, así como de los jardines deshechos que vuelven a florecer.

Por supuesto, la soledad abarcó grandes espacios que se volvieron cómplices de quien pluma en mano desafió miedos que solo conducían a las sombras de la duda. El valle de tristezas no se apartó de su poesía, tampoco los jazmines dormidos ni las olas tempestuosas.

A pesar del dolor implícito en su obra, en la poetisa no están lejanos la verdad y la fe, la confianza y el perfume de las flores. Todavía estremecen aquellos versos absolutos, ciegos de amor que preguntan y decretan:

“¿Y esa luz?

-Es tu sombra… “

Sobre ella muchos hablaron, pero es imposible no mencionar al poeta y ensayista cubano Emilio Ballagas (1908-1954), quien al referirse a su poesía afirmó:

“Se verá en ella al poeta constante que da fe de su existencia como tal; al poeta que no claudica, que sabe que su oficio es digno y sirve ese oficio con dignidad. Para nosotros ella ocupa ya ese sitio privilegiado por la entraña y por el acento de su admirable poesía”.

JARDÍN Y CARTA DE AMOR A UN REY MUERTO

En Jardín, novela lírica de Dulce María Loynaz, se cuenta la historia de una mujer y ese lugar destinado al cultivo de las flores. En ella se narran acontecimientos que ocurren en un tiempo y espacio imposibles de ubicar de manera lógica.

Una vez más, la autora hizo gala de su habilidad para crear historias que pudieran ser irreales; pero que son suyas, le pertenecen como el jardín de rosas en su literatura, que siempre cuidó con celo.

Embriagada de muerte y amor, como dijera en su Carta de amor al Rey Tut-Ank-Amen, prodigó los más tiernos cariños a ese faraón, fallecido a los 19 años.

Desde las paredes frías de un hotel egipcio volaron a la eternidad aquellas locuras que no le dijo a nadie. Allí amó para siempre sus ojos imposibles, su mirada, por la que hubiera dado sus ojos vivos para sentirla por tan solo un minuto.

En su carta de amor a un rey muerto, Dulce María Loynaz tejió una historia de amor que separó el cristal inquebrantable entre su mirada y el cuerpo sin vida de Tut-Ank-Amen.

DULCE MARÍA LOYNAZ, RECONOCIDA EN CUBA Y EL MUNDO

Dulce María Loynaz recibió importantes reconocimientos, entre ellos el premio Miguel de Cervantes (1992), que además merecieron sus compatriotas Alejo Carpentier (1977) y Guillermo Cabrera Infante (1997). Además, Cuba le otorgó el Premio Nacional de Literatura en 1987.

Ella tuvo una larga y apasionada existencia. Vivió 94 años, de los cuales la mayoría dedicó a escribir. Quizás no era consciente de que dejaba una llama encendida que alumbraría sus poemas, los cuales cobran especial sentido en su voz cuando se escuchan grabaciones realizadas poco tiempo antes de morir.

Dulce María Loynaz es, como dijera el escritor César López, un mito viviente porque despunta de ese grupo de poesía intimista femenina sudamericana; es imposible esquematizarla, atarla a un momento o tiempo. La autora ha trascendido espacios para volar cándida y eterna como una paloma.

A más de veinte años de su muerte, ella se corona como la dueña de las rosas que siempre poblaron su poesía. Sus versos devienen patrimonio de los amantes del género que van legando -de generación a generación- libros, audios y fotos de la reina del jardín.