Desde la Clínica San Andrés; de Caseros, Buenos Aires; 144 trabajadores se manifiestan en la sede central de PAMI (Obra Social/Seguro Médico estatal), exigiendo la intervención del centro y ser reincorporados a sus puestos. En febrero falleció el dueño de la clínica, los herederos fueron a sucesión judicial, y la clínica cerró.

Los pacientes del sanatorio fueron derivados a otros centros de salud, y los trabajadores, a la calle. El cuadro se repite; con más o menos intensidad; en varias clínicas de la provincia argentina más importante: en medio de la pandemia del covid 19, más de 700 camas quedaron fuera del sistema de salud porque “no son rentables los sanatorios”.

En un sistema de atención a la salud conformado por hospitales públicos, las obras sociales y la salud privada, en que el 37,6% de la población se atiende por el sistema público, el 51,52% por obras sociales y el resto acude a las “prepagas”, tal panorama es muestra de que el “cash” predomina por sobre los principios hipocráticos.

Más de 18 mil pacientes de PAMI quedaron sin atención con el cierre de la clínica San Andrés, por lo que se desperdicia la capacidad de un sanatorio en plena pandemia, cuando, en medio de la segunda ola de coronavirus, existen casi 20.000 contagios y 400 fallecidos por día. En el área metropolitana de Buenos Aires la ocupación de camas ronda el 90%.

Ahora los médicos, enfermeros y demás técnicos tomaron la clínica y reclaman al gobernador Axel Kicillov y a la titular del PAMI, Luana Volnovic, tomar cartas en el asunto y volver a atender a la gente. Las autoridades analizan el tema para tomar una pronta decisión. Los tiempos lo ameritan.

“Es una vergüenza que no nos den la posibilidad de abrir las puertas y poder ayudar en esta pandemia”, dijo a la AP Alicia Rey, jefa de servicio de cirugía de la clínica, que oficia de vocera del personal. “No es solamente la fuente laboral, te hablo de poder ayudar a salvar vidas que es lo que aprendimos y fuimos formados”.

“Ellos no quieren seguir con esto abierto. Nos dijeron que ‘lo único que heredamos son deudas’”, aclaró Rey sobre la explicación dada por los herederos de la clínica San Andrés. Los empleados no recibieron telegramas de despido y en diciembre cobraron su último salario.

En la puerta de ingreso, un cartel reza: “Estuvimos en la primera línea durante la pandemia. Hoy abandonados”. “Vamos a seguir peleándola porque estamos convencidos que esta clínica se tiene que reabrir, la comunidad lo necesita. Cueste lo que cueste, no vamos a bajar los brazos”, concluyó Rey.

Hay que abstraerse y pensar que en estos tiempos de pandemia hemos aprendido mucho… algunos incluso a lavarse las manos, algo abandonado desgracias a la modernidad (a la que nos gusta echarle las culpas de todo lo que hacemos o no), mientras que otros hábitos que nos legaran nuestros antecesores en tiempos y edad se hacían obsoletos y hasta raros.

Hemos aprendido que lejanía no significa ausencia y que hay algunos cercanos que mejor estarían muy lejos, porque aportan poco o nada a nuestra existencia y que mantener distancia puede ser sinónimo de infinito cuidado por el otro.

Aprendimos que el beso a través de un vidrio o una pantalla puede ser también portador de un amor inmenso y muestra de nuestra necesidad del que vemos, a veces con la desazón de no saber si volveremos a verlo.

Aprendimos a volver a encontrarnos, a sentir la necesidad de buscar en nuestro pasado a las gentes que antaño nos vieron crecer y con las que crecimos como seres humanos, compartimos mieles y hieles y hoy están al alcance de un clic, de teclear un número, de pulsar un ícono… de romper distancias físicas para acercar el corazón.

Y aprendimos que hay gente de mierda a quien le importa un carajo la Humanidad y por ello se aprovecha de cualquier modo posible de la tragedia ajena, que su único o primordial interés resulta engordar su billetera, como si esta fuera salvavidas milagroso y les garantizara el mundo y la existencia eterna.

Mientras aplaudimos a los médicos y personal de salud por su sacrificio ante estas circunstancias, a esos que desde el balcón o la ventana le alegran la vida a los vecinos, atados al miedo en el encierro de la cuarentena, hay tipos(as) que solo piensan en rentabilidad, en monedas… como si con ellas pudieran algo al morir.

Cadenas de distribución que aumentan desmedidamente los precios causando inflación, supermercados que te roban hasta con los vueltos, dueños de todo cuyo interés es la factura grande para ellos y lo más pequeña para los clientes…

Y así, mientras algunos penan y crecen, luchan por vivir sobreponiéndose al temor de un enemigo que no sabes de dónde llega ni cómo, otros aprovechan para entronizar egoísmos y el “sálvese quien pueda”. Me quedo con el resto, con los otros, con los que da alegría pensar que sobreviviremos.

En estos tiempos difíciles hemos aprendido mucho, tanto que también aprendimos… que hay hijos de puta que nunca aprenden.