El 19 de mayo, los cubanos recordamos la caída en combate de José Martí en Dos Ríos, antaño provincia de Oriente, hoy Santiago de Cuba. Buena parte de nosotros hoy añoramos el dardo de su pensamiento, que hizo de su vida un monumento a lo que hoy está vedado en la Patria: disentir.

“La libertad es el derecho que tienen las personas de actuar libremente, pensar y hablar sin hipocresía”, nos dijo este hombre desde el siglo XIX en que se empeñaba por traer a Cuba al concierto de naciones independientes, con hombres y mujeres libres que la hicieran crecer.

Lastimosamente la Isla derivó hacia otros rumbos, los mismos que deben tomar sus hijos para lograr tener y ser, algo negado allá hasta el momento porque hasta la razón económica fundamental de su régimen imperante no se cumple.

“De cada quién según su capacidad, a cada quién según su trabajo” reza el axioma socialista, y hay capacidades no explotadas de los cubanos por normativas que impiden empleos o el ejercicio de profesiones. Se frena el desarrollo, se crean carencias. Así se vive.

EL PEOR DE LOS MALES

No obstante, lo que más choca es la realidad de un sistema en que la prioridad es prepararte y darte toda la cultura posible y luego no poder aspirar a mayores y mejores cosas y sobre todo, la irrealidad del pensamiento homogéneo o unánime, centralizado y dirigido, sin posibles vías de disensión. Y no es de ahora.

Allá por los 80 nos debatíamos entre el 2000 que llegaba, según el trovador Silvio Rodríguez, para llenar las expectativas de todos con la construcción de un socialismo de panacea en el que los rusos y sus acólitos eran “los buenos” y los otros, “los malos”.

El bloqueo; instaurado en la vida cubana desde que Kennedy se quedara con las ganas de ser libertador y la cagada que se mandó cuando casi le metieron cohetes nucleares rusos en la Florida; fue desde entonces el mandón de nuestra existencia. Lo que falta; que es bastante; es culpa del bloqueo… lo que no se dice es que no a todos les falta.

Y no se dice porque hacerlo es “hacerle el juego al enemigo”. Disentir de la línea impuesta es pecado, porque va contra lo sacro (no)santo del sistema. Si una voz disuena se rompe el monolito y el monólogo se corta, la arenga se disuelve y el mensaje se trunca. No hay unanimidad posible, cuando hay gritos y no aplausos.

EL ORIGEN DEL PECADO

Cuando niño mis imágenes se descompusieron, me vi convertido en parte de una masa vociferante de pioneros y gente adulta frente a casas de gente; conocida o no; que optaron por salir del país por el puerto del Mariel. Se gritaban palabras que hasta entonces estaban vedadas para nuestra cotidianidad. Recordando mal a toda su genealogía.

Los huevos que siempre venían racionados se traían por cajas para lanzarlos contra su vivienda y sus humanidades, le pinchaban las gomas a sus auto, les cortaban el agua y la luz, el gas y pintarrajeaban sus paredes con consignas revolucionarias y palabrotas. (Cualquier parecido con los “actos de repudio es puramente intencional).

Me pregunté si el jefe se mudaría, por todas partes aparecía: “Viva Fidel”, como si faltara vivienda al “invicto comandante en jefe”. Dudas existenciales evacuadas con los días, con las marchas del Pueblo Combatiente, el “repudio a la gusanera”, los lumpen y demás fauna de la que no teníamos noticia de existencia en el paraíso tropical del socialismo.

LA HIPOCRESÍA COMO MAYOR PECADO

Después del éxodo al Perú, el surgimiento de los “Marielitos” y la continuación con más o menos intensidad de la regata de balsas hasta el norte, se dividieron familias, se perdieron amistades y la era parió una nueva generación de traidores que más adelante se convirtió en “traidólares a la Patria”. Hasta hoy…

No basta con que hayamos dejado nuestra tierra, por miles de razones que pueden ser solo una, pero están. Hoy seguimos mandando dólares a la familia, para que los cubanos no perezcan y duele no poder mirar a Martí a los ojos por aquello de: “Cuba no anda de pedigüeña por el mundo…” porque la nuestra se trocó en tierra de pedigüeños para sobrevivir. Si no fuera por las remesas…

DE PECADORES Y DISIDENTES

Si algo ruin puede concebirse es un ser humano sin capacidad de disentir, de decir sin tapujos ni hipocresía lo que siente, pero más ruin es obligarlo a asentir callado cuando quiere decir a gritos que no.

Hoy en Cuba está prohibido disentir, los Damocles que se atreven tienen sobre sí la espada de los medios de comunicación oficiales y el sistema todo y no se esconde el castigo para los atrevidos pecadores. Cualquiera que tenga un mínimo de discernimiento sabe que en la discusión está la luz, pero Cuba se ha convertido en un país de ciegos.

Jamás Martí, tan enemigo de la opresión, habría aceptado de buen grado la imposición actual de pensamiento, la corrupción de unos por sobre la miseria de la mayoría. Sin duda alguna hoy, el Apóstol, lo sería de la disidencia.