La masturbación es un acto natural que la gran mayoría de los seres humanos hemos realizado en diferentes etapas de la vida: hay ecografías de fetos que se estimulan sus genitales en el útero y estadísticas de personas que lo hacen en la vejez. Sin embargo, no han faltado personajes que, bajo supuestas premisas científicas o fundamentos morales, la han condenado severamente.

El propio origen de la palabra masturbar parece indicar una connotación negativa. Se dice que viene del latín “masturbari”, de origen incierto; pero varios coinciden en que esa palabra a su vez se forma de “manu turbare”, que significa turbar o molestar con la mano.

Hablando de etimologías, hay quien dice que se le llama “paja” a la masturbación porque la acción de subir y bajar la piel del pene recordaba el movimiento para separar la semilla del cereal del tallo, que luego se desperdicia y conoce como paja. Otros plantean que también proviene del latín, de la palabra “pascere”, que significa satisfacer, dar placer.

A pesar de que la palabra “masturbari” corresponde a un idioma antiguo, la masturbación no era tan condenada en la antigüedad como lo fue a partir de la Edad Media. Con excepción de los espartanos, los griegos la consideraban un don de los dioses, pues Hermes le había enseñado a su hijo Fauno a masturbarse para no sufrir el desdén de la ninfa Echo. Posteriormente, los primeros pastores de la arcadia griega se hicieron eco de Fauno y aprendieron de este la lección con la que había podido superar el dolor ante el rechazo de la ninfa.

Si bien los griegos nunca vieron a Fauno masturbarse, sí pudieron ver al filósofo Diógenes, quién se masturbaba a la vista de todos en el ágora y preconizaba que todas las actividades humanas debían ser realizadas públicamente. Por su parte, el célebre médico Galeno planteaba que sostener el semen en el cuerpo era nocivo para la salud.

Aunque hasta aquí casi todas las referencias tratan sobre la masturbación masculina, las mujeres antiguas, desde luego, también se daban el gusto ellas mismas. En su comedia Lisístrata, Aristófanes narra que la protagonista se queja de que las mujeres echan de menos a los famosos consoladores de “ocho dedos de largo” confeccionados en Mileto con cuero de perro. Hoy a ese artículo bien podría llamársele un perro consolador.

ENEMIGOS DE LA MASTURBACIÓN

En Europa, la masturbación se vuelve algo turbador con el inicio del cristianismo. Aunque la Biblia no menciona la masturbación, algunos de los primeros cristianos la condenan por su carácter de sexo no reproductivo.

El obispo Augustine de Hipona (350–430 d.C) enseñaba que la masturbación era un pecado más grave que la fornicación, la violación, el incesto o el adulterio. Hipona distinguía entre los pecados con penetración, que eran naturales y podían conducir al embarazo; y los sin penetración, que eran peores por ser no reproductivos.

Ocho siglos después, Santo Tomás de Aquino restablece en su Summa Theologica la condición de pecado antinatural de la masturbación.

Por los años 1300 el teólogo Jean Gerson escribió un manual de penitencias en el cual instruía a los sacerdotes sobre cómo hacer a los hombres y mujeres confesar «ese detestable pecado». Primeramente, recomendaba preguntar «Amigo, ¿recuerda haber tenido el pene erecto durante su niñez, alrededor de los 10 o 12 años?» Después, sugería ir directo al grano para preguntar si la persona se había tocado o eyaculado.

Indudablemente, uno de los más encarnizados enemigos de la masturbación fue el médico Samuel August Tissot. En 1760, Tissot publica un libro leído por la élite intelectual de Europa y Estados Unidos. Este libro difundió terribles mitos sobre la masturbación, algunos de los cuáles todavía hoy se mantienen.

Lea a continuación la descripción que hace Tissot de un caso “real” de un hombre afectado por la masturbación, y sobre los efectos de la “enfermedad” en las mujeres:

«. . . fui a su hogar y lo que encontré era más un cadáver que un ser vivo yaciendo sobre heno, escuálido, pálido, exudando un hedor nauseabundo, casi incapaz de moverse. De su nariz fluía agua sanguinolenta, babeaba constantemente, sufría ataques de diarrea y defecaba en su lecho sin notarlo, había un flujo constante de semen, sus ojos, saltones, borrosos y sin brillo habían perdido toda capacidad de movimiento, su pulso era extremadamente débil y acelerado, su respiración era dificultosa, estaba totalmente emaciado, salvo en los pies que mostraban signos de edema.»

«Los problemas que experimentan las mujeres son tan explicables como los de los hombres. Como los humores que pierden son menos preciosos, menos perfectos que el esperma masculino, no se debilitan tan rápidamente; pero cuando se entregan excesivamente, por ser su sistema nervioso más débil y naturalmente con mayor inclinación a los espasmos, los problemas son más violentos.»

Durante la época victoriana la masturbación casi llega al paroxismo como raíz de los problemas del mundo. Es el período donde se difunden mitos de efectos de la masturbación como afecciones mentales, pérdida del cabello, y hasta la posibilidad de provocar la muerte del “afectado”.

En opinión del doctor Reveillè «ni la peste ni la guerra han tenido efectos tan desastrosos para la humanidad, como el miserable hábito de la masturbación». La libre empresa vio entonces su oportunidad de lucro e inició el desarrollo de tratamientos para la “enfermedad”, llegando incluso a patentar dispositivos para evitar las erecciones no deseadas durante las noches.

Curiosamente, en esa misma época se trató la histeria femenina causada por el deseo sexual reprimido, con caricias manuales en el clítoris, para que las “pacientes” alcanzaran el “paroxismo histérico”, que era como denominaban al orgasmo femenino. Los vibradores surgen entonces como auxilio para los médicos cansados de manipular tantos clítoris.

A pesar de que Sigmund Freud reconoce efectos beneficiosos de masturbarse, también alertaba sobre posibles trastornos neuróticos.

Todavía en la década de 1930 el sexólogo Walter Gallichan decía que en las mujeres «sus gratificaciones solitarias opacaban su sensibilidad para el coito matrimonial».

Hay estadísticas de mediados del siglo XX que muestran un gran porciento de niños cuyos padres los amenazaban y castigaban por masturbarse, y además les aterrorizaban diciéndoles que quedarían locos o ciegos.

Aún hoy, en pleno siglo XXI, existen muchos prejuicios y mitos sobre el acto de autocomplacerse sexualmente, un tema que provoca más turbación de lo que en realidad debería.

Niño juega a masturbarse

«1979 : Fabbriciuse learns masturbation» by fabbriciuse is licensed under CC BY-NC-ND 2.0

Foto destacada: «Hot Pants» by o-wagen is licensed under CC BY-NC-ND 2.0