El 5 de mayo de 1862 el general Ignacio Zaragoza, al frente de un Ejército de la República Mexicana, compuesto por cerca de 4500 hombres; más de la mitad campesinos indígenas de Tetela de Ocampo; derrotó e hizo retroceder a los restos del ejército francés comandado por Charles Ferdinand Latrille, Conde de Lorencez, en la ciudad de Puebla.

Los machetes y cuchillos de esos mismos campesinos hicieron tragarse las prepotentes palabras del mensaje que Ferdinand Latrille envió a Napoleón III al arribar a la tierra de Juárez: “Somos tan superiores en organización, disciplina, raza, moral y refinamiento de sensibilidades, que ruego anunciarle a Su Majestad Imperial, que a partir de este momento y al mando de nuestros 6,000 valientes soldados, ya soy dueño de México”.

Contrario a las predicciones del Conde, los considerados en ese entonces como mejores soldados del mundo, cayeron por cientos durante una mañana de batalla ante las inmediaciones de Puebla, cuyas tierras se cubrieron de los llamativos pantalones rojos de su infantería, más rojos aún por la sangre de sus portadores.

“Las armas nacionales se han cubierto de gloria. Las tropas francesas se portaron con valor en el combate y su jefe con soberbia, necedad y torpeza”, fue el lacónico parte sobre la acción del general Zaragoza a Juárez. Pese a su éxito, la batalla de Puebla no impidió la invasión del país, aunque sí sería la primera de una guerra que finalmente México ganaría cinco años más tarde.

El último emperador francés Napoleón III tuvo que afrontar la pérdida de 11000 soldados en una guerra en la que los franceses recibieron ataques guerrilleros en cualquier rincón de la República Mexicana. Pesaron también las amenazas de intervención de los Estados Unidos y la de Prusia en Europa antes de decidir la salida de sus tropas… pero se tuvo que ir.

General Ignacio Zaragoza

General Ignacio Zaragoza, en cuyo honor inmigrantes mexicanos en la actual Texas celebraron, el 5 de mayo de 1867, la retirada francesa de Mexico

Ignacio Zaragoza falleció en septiembre del propio 1862 por fiebre tifoidea. En su honor, inmigrantes mexicanos de la hoy Goliad, Texas (Bahía de Espíritu Santo, antes de la independencia y posterior anexión a la Unión, y lugar nativo del militar) celebraron el 5 de mayo de 1867 la retirada francesa, como una reafirmación de su orgullo nacional.

Desde entonces instauraron tal tradición, haciendo que en tierras lejanas, no solo mexicanos sino muchos latinos y luego incluso los norteamericanos, festejaran la efeméride hasta convertirla en un Feriado en el año 2005, en el que los mariachis, el tequila, la cerveza y los platos de la picante cocina azteca se adueñan de las calles de Estados Unidos.

Lo que empezó como una conmemoración de la hazaña del general Zaragoza y las armas mexicanas con cantos y poesía, con los años se integró a la tradición nacional, erigiéndose en símbolo de una verdadera Unión Americana.

A principios de la década del 60 del pasado siglo, luchadores por los derechos civiles de los migrantes mexicanos eligieron el 5 de mayo para reivindicar con orgullo sus raíces, por lo que el día, la efeméride y su significación, borraron las fronteras en EE.UU y empezó a ser visto como algo verdaderamente propio, al tiempo que reivindicador de nacionalidades.

En 2005, el Congreso estadounidense pidió declarar el 5 de mayo como feriado oficial, por lo que el 5 de mayo ha adquirido en EE. UU una relevancia que sobrepasa incluso al hecho que conmemora. Se ha erigido en remembranza y orgullo del ser, para que nativos norteños de ascendencia latina conserven sus raíces, sus orígenes y proclamen su dignidad.

El 5 de mayo, más allá de la Historia de la Batalla de Puebla y del general Ignacio Zaragoza, de su victoria ante las mejores tropas del mundo en su época, ya trasciende como una fecha que llama al respeto y la unidad de culturas, en un país que ha nutrido su población de continuas emigraciones y mezclas, eje de su identidad actual.