Considerado el peor accidente nuclear de la historia, lo ocurrido en Chernóbil el 26 de abril de 1986 todavía estremece a quienes se adentran a conocer detalles de aquel suceso que marcó un antes y un después en el planeta, que aún gime a 35 años de esa catástrofe.

Pese a la controversia científica y política que rodea el desastre, se conoce que estuvo originado por la explosión del reactor 4 de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin durante una prueba de corte eléctrico.

La magnitud del accidente que lanzó a la atmósfera una inmensa cantidad de materiales radioactivos no solo impactó en las zonas aledañas de la central, sino que llegó hasta las ciudades ucranianas más cercanas, detectándose niveles importantes de radioactividad en al menos 13 países europeos.

Tras la catástrofe se construyeron varios sarcófagos a fin de sepultar el reactor 4. El último de ellos y -supuestamente el más seguro- quedó instalado en 2016 gracias a la colaboración de casi una treintena países y millones de dólares abonados para dicha causa.

MUERTE, MIEDO Y DOLOR

Una treintena de personas perdieron la vida a consecuencia del accidente, unos durante la explosión y otros después de haber estado expuestos a altos niveles de radiación en el caso de operarios y bomberos.  

Pero el terror sobrepasaría aquella terrible jornada vivida en la ciudad de Prípiat, otrora urbe alegre con árboles y flores convertida hasta hoy en un espacio fantasma que recuerda uno de los capítulos más triste de la historia de la humanidad.

Desgraciadamente, el reactor devastado ardió durante 10 días y contaminó más de 140 mil kilómetros cuadrados en el norte de Ucrania, el sur de Bielorrusia y la región rusa de Briansk.

Como si el luto de las familias y el pánico a la desolación fueran poco, el miedo pasó a ocupar el centro de atención de miles de las personas afectadas. Hasta hoy, la depresión y el alcoholismo son solo algunas de las manifestaciones de dicho pavor.

Sin embargo, en otro extremo están las madres primerizas que sienten terror de dar a luz bebés enfermos pues -desde la ciencia- se han asociado nacimientos de este tipo a las consecuencias de la explosión nuclear.

LA CRUDA REALIDAD

Estudios de la comunidad científica internacional valoran que la incidencia de cáncer de tiroides en Bielorrusia, Ucrania y Rusia ha aumentado de manera significativa después del accidente de Chernóbil.

A esa realidad se suma la preocupación de un grupo de estudiosos que temen que la radiactividad pueda afectar a poblaciones locales durante varias generaciones ante la posibilidad de que las emisiones no se extingan hasta pasados miles de años.

En 2006, el ministerio de Sanidad de Ucrania informó que más de 2 millones 400 mil personas, incluyendo 428 mil niños, sufren problemas de salud causados por la catástrofe.

FUTURO INCIERTO

Según estimaciones, en 2011 las inquietudes se centraban en la contaminación del suelo con estroncio-90 y cesio-137, con periodos de semidesintegración de unos 30 años.

Los niveles más altos de cesio-137 (que pueden causar cáncer, cataratas y afecciones digestivas) se encuentran en las capas superficiales del suelo, donde son absorbidos por plantas, insectos y hongos, entrando en la cadena alimenticia.

No son pocas las publicaciones que refieren que vacas que pastan lejos del lugar del accidente aún producen leche con peligrosos niveles de radiación. Niños y adultos ingieren la bebida, por lo que el problema podría persistir durante décadas.

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