Cuando Charles Spencer Chaplin decidió casarse con Oona O’Neill tenía 54 años y ella 18. Se conocieron durante un rodaje y a pesar de la diferencia de 36 años, se casaron en junio de 1943, a su padre; el escritor y periodista Eugene O’Neill; no le hizo ninguna gracia, era la cuarta esposa del más genial tragicómico de todos los tiempos.

Ni la hipocresía ni las convenciones sociales pudieron contra un amor que surgió de pronto, entre “candilejas”, en “tiempos modernos” y que, lejos de convertir al novio en “el gran dictador”, lo transformó en un “rey en Nueva York” tras haber perseguido por años la “quimera del oro”.

UN AMOR SIN LÍMITES

Y a Oona no le importaron los tres matrimonios anteriores de su novio — Mildred Harris, Lita Grey y Paulette Goddard —, ni los noviazgos que le achacaban con otras ocho actrices de la época. Simplemente se enamoró del hombre tras el bigotito, bajo el sombrero hongo y apoyado en el bastón de caña, cuyos ojos alegres y tristes al unísono la subyugaron.

Chaplin le pidió matrimonio con palabras del corazón: “Cásate conmigo para enseñarte a vivir y enseñarme a morir”, pero Oona respondió: “No, Charlie, me casaré contigo para que me enseñes a madurar y te enseñaré a ser joven hasta el final”. Así continuó una hisoria de ensueño que incluyó 8 hijos y una vida juntos hasta que Charlie murió a los 88 años.

Y Oona acompañó a Chaplin en la aventura del matrimonio y al exilio en Corsier-sur-Vevey, Suiza, en 1952, cuando fue acusado de comunista por la cacería de brujas del macarthysmo tras el estreno de Candilejas. Chaplin murió en la Navidad de 1977 y Oona regresó a Nueva York, pero pronto volvió a Suiza, donde falleció por cáncer de páncreas en 1991.

De sus ocho hijos, también se dedicaron al espectáculo Josephine y Geraldine. Michael, Victoria, Eugene Anthony, Jane, Annette y Christopher siguieron otros caminos.

CONTRA LA HIPOCRESÍA

Chaplin se sinceró con el entonces diplomático soviético Andréi Gromiko cuando se vieron en Londres: “Estoy harto de que me difamen, especialmente porque no sé por qué”. Lo  insultaron por casarse varias veces y por ello decía que si era un crimen, también son culpables millones de americanos”.

Dudaba de su suerte el hombre que hizo reír y llorar desde el celuloide, que no dejó a nadie indiferente. “Nadie puede acusarme de haberme comportado injustamente con ninguna de las mujeres de las que me he divorciado. Creía que ya había sido bastante castigado por la vida, pero parece que hay gente que quiere castigarme aún más”.

“Me persiguen porque en mis películas expongo opiniones que no comparten. Atacan mi conducta moral y buscan motivos legales: intentan probar que no he pagado impuestos. Todo es parte de una campaña contra mí, y la ley americana es tan elástica, que si el gobierno está contra uno, ya puede darse por perdido, aunque sea totalmente inocente. Por eso, le he dicho adiós a los Estados Unidos”.

EL CHARLOT TRAS EL CHAPLIN

Su personaje Charlot debutó en 1914, en la película “Ganándose el pan”, pero sus éxitos mayores fueron “La quimera del oro” (1925), “Luces de la ciudad” (1931), “Tiempos modernos” (1936) y “El gran dictador” (1940). En ellas volcó su genio inigualable, que mezclaba slapstick, mímica, pantomima y rutinas de comedia visual tras cada cuadro.

Dirigió la mayoría de sus películas, desde 1916 también se encargó de la producción, y a partir de 1918 compuso la música para sus producciones. En 1919, junto con Douglas Fairbanks, David Wark Griffith y Mary Pickford, fundó la United Artists.​

Es un desafío casi imposible hallar a alguien que; desde que Charlot empezó sus andanzas por las salas de cine; no haya reído hasta perder el aliento o llorado con él. O ambas cosas a la vez. Chaplin sabía volcar en sus obras su inmensa alma y las emprendía con manía de perfección, al punto de rodar una escena con hasta 80 tomas.

EL CHAPLIN TRAS EL CHARLOT

Y son esas cosas las que hicieron a Chaplin merecedor de reconocimientos y nominaciones. El Óscar (Honorífico) en 1928 y en 1972 por la música original de “Candilejas”, candidato al premio Nobel de la Paz en 1948, caballero de la Orden del Imperio Británico en 1975 y una estrella con su nombre en el Paseo de la Fama de Hollywood en 1970.

Pero tras bambalinas, cuando el telón caía, las luces se apagaban y abandonaba el set, Chaplin se despojaba de Charlot y volvía el hombre a su penuria. “Me sentía desesperadamente solo, esperaba encontrar en algún lado un lindo “rayito de sol”. Tuvo que esperar hasta que Oona llegara en 1943. Su búsqueda había terminado.

EL SOL QUE CALENTÓ EL ALMA

Y Oona lo colmó. Fue su compañera inseparable en las buenas y las malas. Desde entonces Charlot brilló más con sus risas y las lágrimas quedaron reservadas para el celuloide. El amor trajo hijos y caminatas junto al lago Lemán, en Corsier-sur-Vevey, incluso cuando Chaplin ya no pudo caminar, Oona lo llevaba en silla de ruedas, le enseñó a ser joven hasta el final.

Él la enseñó a madurar y a vivir sin temor a consecuencias ni al “qué dirán”. Las quimeras dejaron de serlo para ser oro real, el de un amor completo, despojado y desafiante de convencionalismos. Compañeros, amantes, cómplices y todo… ambos un bello torrente de sol calentando su alma. Una historia de ensueño, estilo Charlot, con un telón ideal para su mejor película: su vida.