Nayib Bukele irrumpió en 2019 sacudiendo la política de El Salvador con más fuerza que los ciclones tropicales que el menor de los países centroamericanos sufrió en su historia reciente. Tras casi dos años de convertirse en el más joven presidente, sus oponentes y organismos internacionales le acusan de autoritario y antidemocrático.

Bukele, un millenial que aún no llega a 40 años, empezó por el pequeño municipio de Nuevo Cuscatlán, luego llegó a la alcaldía de San Salvador para después ponerse a la cabeza de un partido político en el que convenció a muchos de votarlo como el cambio de era en la política, lucha contra el saqueo y la impunidad y por la esperanza.

Nayib Armando Bukele Ortez, hijo de padre musulmán y madre cristiana, se publicita como antagonista de todo lo viejo, viciado y corrupto, pasando la página de lo anterior. Es el primer presidente, desde el final de la guerra civil, que no representa a ninguno de los partidos principales (ARENA o FMLN) gobernantes por treinta años de su nación.

Empresario desde joven, especialista en publicidad, sabe “vender” su imagen e ideas. Tan así que 1 434 856 salvadoreños (53.10 %), lo votaron en 2019 y ganó la presidencia sin necesidad de segunda vuelta.​ Sumó más votos que los demás partidos juntos y ganó en los 14 departamentos del país. Acabó con la alternancia de ARENA y la exguerrilla FMLN.

CAMINO DIFÍCIL HACIA EL TRIUNFO POLÍTICO

Su meteórico ascenso incluyó cuadruplicar el número de firmas para crear un nuevo partido político, recolectándolas en un fin de semana (con colas para firmar), en lugar de los tres meses establecidos. A pesar de ello Nuevas Ideas no logró inscribirse en la presidencial por no cumplir con el plazo de tiempo para ello.

Entonces Bukele se inscribió en un pequeño partido de centroizquierda, que el tribunal anuló por un enrevesado burocrático con argumentos jurídicos. Llegó luego a GANA, un partido de derecha (conocido como “naranja”), de exdiputados de ARENA y marcado por denuncias de corrupción y narcoalianzas.

A ese partido ultraconservador defensor de los antaño escuadrones de la muerte, y que propugna la justicia por mano propia armando a la gente contra las pandillas, Bukele le cambió desde el color hasta los emblemas y una golondrina en vuelo apareció en la boleta más introducida en las urnas en 2019.

En su celebración declaró volteada la página de la posguerra y advirtió a sus adversarios que deberían ahorrar dinero para pagar los robos y los abusos. Y finalmente declaró que había llegado al fin un gobierno “del pueblo y para el pueblo”. Manda desde y con Twitter, donde indica a sus ministros, y salen antes que en el Boletín Oficial, sus actos de gobierno.

Su eslogan de campaña “el dinero alcanza cuando nadie roba” hasta ahora al parecer lo cumple a rajatabla, en un país acostumbrado al “si te he visto no me acuerdo” y “donde dije digo, digo Diego”. Sus primeras inversiones, aparte de a la política de seguridad, han ido a la educación e infraestructura.

ENCONTRONAZOS AUTORITARIOS

La Asamblea Legislativa, ahora controlada con mayoría absoluta por su partido, destituyó y reemplazó a los jueces de la Sala del Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) y al fiscal general Raúl Melara, porque: “los magistrados actuaron contra la Constitución, poniendo en primer lugar intereses particulares sobre la salud y la vida de la población”.

La Asamblea saliente y la Corte Suprema frenaron leyes de emergencia de Bukele contra la covid, que fueron definidas como violatorias de derechos por la crudeza con que se encaró el tema. Algunos ven un trasfondo de revancha cúlmine, tras el acto de febrero cuando se presentó en el Congreso con militares para imponerle su voluntad.

Habría que sumergirse en varios temas para entender (no digo compartir o aceptar) las decisiones de Bukele, su manera de actuar y la aprobación de cerca del 90% que su forma de gobernar le mantiene granjeada en un país con altas tasas de inseguridad, endeudamiento y desempleo, pero que sigue expectante el cumplimiento de sus promesas electorales.

TEMORES Y RESQUEMORES

Por un lado, “los salvadoreños sienten un rechazo casi mortal hacia los partidos que tradicionalmente se han repartido el poder en los 30 años de posguerra. Es un sentimiento que Bukele ha sabido aprovechar y que ha hecho ver a Nuevas Ideas como la alternativa”, dijo la analista política salvadoreña Bessy Ríos a la BBC.

Por otro, según José María Tojeira, exrector de la Universidad Centroamericana de El Salvador y director de su Instituto de Derechos Humanos, “Bukele es un extraordinario comunicador, muy efectivo y carismático, maneja muy hábilmente redes sociales y medios de comunicación, lo que le ha hecho llegar a muchas personas de forma muy directa”, declaró al mismo medio.

El temor que existe es que los contrapesos estimados necesarios para el poder acumulado por Bukele ya no estarán. Y existe por la cultura caudillista de siglos en nuestra región y las múltiples experiencias de la Historia, que certifican la corrupción por el poder total, cuyas mieles llevan al autoritarismo y los abusos, sin contar con las minorías.

COSAS PARA ENTENDER EL CASO BUKELE

¿Reminiscencias fascistoides o populismo y refundación de un Estado en que 14 familias agroexportadoras concentraron las tierras fértiles tras la anulación de las tierras ejidales y comunales en 1886? Dueñas, Guirola, Sol, Regalado, Salaverría, Álvarez, Borgonovo, Samayoa, Cristiani, Gianmattei y otros clanes se las apropiaron. Algo cambió luego, pero solo algo…

Son esos apellidos los que resuenan como dueños en El Salvador. Una oligarquía financiera casi feudal, plena de situaciones de monopolio y oligopolio en las principales esferas económicas, acrecentando por siglos sus niveles de rentabilidad y utilidades. Ya se sabe, dinero es poder y los poderes subyacentes marcan líneas.

A esos dueños se suman  multinacionales que controlan los sectores económicos estratégicos como generación y distribución de energía, telefonía fija y celular, servicio de cable, la banca, compañías de seguros y fondos de pensiones, comida rápida, cemento, líneas aéreas, comercio minorista, bebidas y gaseosas, y hasta los cines.

Los capitales son de Estados Unidos, pero también ingleses, canadienses, españoles, suecos, suizos, italianos, colombianos y mexicanos. Un entrevero que determina la inequidad del reparto de la riqueza. Según el PNUD y el Banco Mundial, el 20% más pobre de los salvadoreños recibe el 5% de los ingresos, y el 20% más rico se queda con el 50%.

Si a eso le sumamos el crecimiento y entronización de las “maras” (pandillas) que controlan incluso áreas enteras, tenemos un cóctel explosivo difícil de ignorar y que puso a la gente en la disyuntiva de seguir con lo mismo de 30 años que no cambió nada, o “Nuevas Ideas” y un líder cuasi mesiánico con el signo de la modernidad.

Otro aspecto resaltante es el enfrentamiento presidencial con la prensa. Son proverbiales los encontronazos con periodistas en sus conferencias de prensa, en los que Bukele hace gala de una esgrima verbal contundente. “Se defiende como gato boca arriba” y no pierde oportunidad de dar buenos zarpazos.

La concentración de los medios de comunicación en manos de los mismos apellidos de abolengo es un secreto a gritos, por lo que los ataques al presidente, lejos de disminuir su impacto y aprobación populares, le dan realce, pues la gente lo ve como un duelo propio de los hasta ahora sin voz, contra los pudientes y mandantes de siempre.

BUKELE ¿MÁS DUDAS QUE MIEDOS?

Hay temor de que los últimos acontecimientos sean el preámbulo de una reforma constitucional para mantenerse en el poder por un segundo mandato consecutivo (algo vedado hasta ahora por la Constitución) y fortalezca la postura autocrática ya manifestada. Ejemplos previos hay desde la Alemania nazi hasta Latinoamérica.

A las críticas dentro y fuera del país, Bukele respondió tajante: “A nuestros amigos de la comunidad internacional: queremos trabajar con ustedes, comerciar, viajar, conocernos y ayudar en lo que podamos. Nuestras puertas están más abiertas que nunca. Pero con todo respeto: estamos limpiando nuestra casa… y eso no es de su incumbencia”.

“Limpiar la casa” puede tener diferentes lecturas y consecuencias posteriores, aunque en algo sí se debe conceder la razón al presidente: la Asamblea Legislativa puede destituir a los jueces por sus votos y por mandato constitucional. En resumen, está dentro de sus poderes constitucionales el hacerlo. Si conviene o no, solo el tiempo lo dirá.

Bukele lleva 24 meses de mandato, cuenta con un fuerte apoyo popular y también cada vez con más críticas y acusaciones de autoritarismo por intentar controlar los tres poderes del Estado: ejecutivo, legislativo y judicial. Esto levanta temores de antaño, pero el beneficio de la duda existe y es mucho lo que está en duda en El Salvador hoy.