“Lo único que necesita el mal para triunfar, es que los hombres buenos no hagan nada”, dijo Edmund Burke, escritor y pensador político irlandés y esa máxima, que atraviesa los tiempos, es aplicable a todo punto geográfico de este convulso mundo. Por estas horas, tiene una validez inmensa en Birmania, donde los militares asaltaron de nuevo el poder y secuestraron la democracia.

Miles de manifestantes desafiaron el golpe perpetrado por la cúpula militar birmana desde que el 1° de febrero desconocieran los resultados de las elecciones y se hicieran de nuevo con el control del país, declarando el estado de sitio por un año, arrestando a los opositores y líderes más prominentes y comenzando a reprimir.

Entre esa marea de protestantes, un pequeño grupo de jóvenes se ha dado a la tarea de proveer de alimentos, agua y ayuda a quienes enfrentan de manera pacífica a policías y soldados en las calles de Rangún – antigua capital y ciudad más poblada de Birmania – con miedo, pero determinados a luchar de la manera que puedan contra la usurpación castrense y la pérdida de derechos humanos.

Este grupo, entre los que se cuentan varios guías turísticos, afectados por el cierre del país durante la anterior dictadura y sabiendo lo que sucederá si los uniformados se mantienen en el poder, se dedica a “ayudar a todos por igual”; según afirma Soe, uno de esos guías; pues “ya tenemos demasiada experiencia de dictaduras, no queremos más”.

Soe cuenta que “reunimos dinero como podemos y compramos comida que cocinamos y le sumamos lo que otros donan para dar a entre 100 y 300 personas. Salimos a repartirla en autos (cada día uno distinto, pues la policía vigila y pueden “ficharnos”) y donde se reúnen manifestantes la distribuimos. Hay veces que las tropas avanzan y tenemos que dejar la comida y salir corriendo o nos alcanzan las balas, los gases y los palos”.

El número de manifestantes ha disminuido en las calles, pero no porque se acepte el golpe de estado, sino porque la represión ha aumentado en cantidad de efectivos atacantes y en su violencia. “La policía y los soldados patrullan en grupos de 50 a 100, reprimiendo y disparando a todo el que se reúna y no es solo en Rangún, sino en todo el país. Los jóvenes son los que llevan la peor parte, cualquier grupo pequeño que vean, los reprimen y arrestan sin preguntar nada”, detalla Soe.

“Hasta hace unas horas, se movían en patrulleros o carros militares y la gente los veía venir y podía escapar, pero ahora usan camionetas civiles para sorprender a cualquiera en la calle. La gente siente los gritos, disparos y la persecución y les abre las puertas a los que están en la vía, para salvarlos del arresto” – afirma Soe – “La represión aumenta y el número de detenidos también. Ya entran a las casas para detener a la gente, nadie está seguro, ni los niños se salvan. Empezaron a arrestar a periodistas porque quieren impedir que el mundo sepa lo que pasa en Birmania y hasta el internet lo cortan y regulan. Queremos que todos sepan lo que está sucediendo”.

“Ayudamos a todo el que podemos y seguiremos haciéndolo mientras podamos. Necesitamos la ayuda que puedan brindarnos para seguir resistiendo el golpe. Quizás no podamos estar ya tanto tiempo en las calles pues corremos el riesgo de que nos arresten o maten, pero seguiremos resistiendo. Cada noche a las 20.00 horas batimos tambores desde nuestras casas por 15 minutos, hacemos retumbar la ciudad para que se sepa que no aceptamos a los militares”, dice Soe y nos hace llegar la petición de ayuda, para todo el que puede aportar a la lucha de los birmanos.

Birmania (Myanmar es el nombre impuesto por la junta militar que gobernó el país entre 1988 y 2010, y que muchos se niegan a usar), es un país rico en jade, gemas, petróleo, gas natural y otros recursos. Riquezas que  en gran proporción son controladas por partidarios de la anterior dictadura, por lo que la brecha de ingresos está entre las más amplias del mundo. Ese es el estado de cosas que los militares birmanos pretenden mantener.

En tiempos de mal desenfrenado, es preciso que los hombres buenos actúen. Para Soe y millones de birmanos es vital el apoyo del mundo. Ellos desde calles y casas ofrecen un Pan de vida contra la opresión y la muerte.