Protestas en Birmania, foto de Ninjastrikers, via Wikimedia Commons

Para nadie es un secreto que las tradiciones asiáticas son milenarias, así como normas y formas de trabajo. Una de las más añejas son las del campo, donde millones de hombres y mujeres aún siembran y cosechan con técnicas que vienen del origen de sus civilizaciones. Y siempre postergados pero pacientes. Birmania no es la excepción en esto.

En la fértil tierra birmana se cultivan frutas, verduras y todo tipo de vegetales. La imagen que predomina son sus campesinos metidos hasta las rodillas en sus campos, muchos anegados para el cultivo del arroz, y las peculiares carretas tiradas por cebúes que sirven para arar y transportar todo.

Hoy el campo birmano tiene otra imagen. Columnas de esos mismos campesinos cruzando los ríos con rumbo a las ciudades o los caminos y carreteras circundantes para plantarse. Una muda y al mismo tiempo estruendosa protesta contra los usurpadores del poder que ametrallan a sus hermanos en las ciudades.

El chirrido de los ejes de las carretas, cargadas de personas con banderas y carteles donde se lee: “¡Ayúdennos. Salven a Myanmar. Paren los crímenes!” atruena los caminos antaño casi idílicos de la campiña birmana. Las columnas de carros tirados por cebúes distinguen ahora un paisaje de huelga, de paro, de resistencia.

Mientras en las ciudades grandes y pequeñas de Birmania la gente bloquea las calles, abandona sus puestos de trabajo, levanta su mano en son de protesta, gentes de todas las etnias que habitan el país se van sumando. Hoy son los campesinos quienes abandonaron sus tierras, sus cultivos y, con el chirriar de sus carretas y el paso pausado de sus cebúes, llenan los caminos para decir que tampoco quieren a los militares usurpadores.

La cuota de víctimas se incrementa por horas, pero también el ejército silencio pero tenaz que engruesa y cierra filas por la libertad, la democracia y un país mejor para ellos y sus hijos. Los militares están asombrados. No esperaban la reacción que se produjo tras el golpe de hace un mes. Creyeron que la paciencia de siglos y el temor a la imposición y la muerte acallarían cualquier conato de protesta. Pero ha sido todo lo contrario. Los límites de la paciencia se desbordaron, la ola rebelde desbordó ciudades y ya llegó al campo.