Ma Kyaw Nandar Aung era una bella joven birmana, estudiante de informática en la Universidad de Monywa hasta esta semana. Hoy es una foto que hiere la sensibilidad en Facebook, por lo que está cubierta por una pantalla gris. La madre la llora desesperada sentada junto a su cuerpo en la cama. Ma Kyaw recibió uno de los tantos disparos asesinos del ejército de su país tras el golpe de estado del 1° de febrero. Fue un disparo a la cabeza, a todas luces de un francotirador…

Mientras el mundo mira las cifras del coronavirus, en Birmania el terco pueblo que se rehúsa a dejarse aplastar por una renovada dictadura sigue en las calles resistiendo. En el municipio de Okkalapa Norte hoy cayeron casi 20 personas abatidas por la policía y el ejército. Entre ellas se cuentan Zinco Zaw; un niño de 14 años; socorristas y manifestantes.

Los asesinos uniformados birmanos utilizaron hasta aviones de combate para lanzar bombas de gas lacrimógeno contra los manifestantes, cuyo único crimen es salir a la calle pacíficamente a exigir que se respeten los resultados de las pasadas elecciones y vuelva la democracia. Sus únicas armas son latas, cacerolas, tambores que baten para hacerles saber a los represores que no se rendirán y tres dedos extendidos. Pueblo terco… que no quiere más dictaduras militares.

El mundo sigue preocupado por la pandemia. En Birmania hoy se sufren dos pandemias: una viral, la otra en uniformes y con armas en ristre ametrallando a la gente terca que no permite que las balas impongan su capricho.

Terquedad y violencia en Birmania

Poco o casi nada se habla de la sangre en las calles, de las golpizas constantes, de las redadas permanentes, de la lucha de gentes simples que solo quieren paz, democracia y libertad. Y ahí están en las calles, alzando sus manos con los tres dedos extendidos, el pulgar apretando el meñique, los otros en ristre.

Un símbolo de génesis inesperada: la saga de “Los juegos del hambre”, inspiró primero a los tailandeses, luego a los de Hong Kong y ahora se levanta en Birmania como señal de protesta contra los despiadados representantes de élites que imponen sus privilegios y los mantienen por las armas.

Rostros serenos, con furia escondida de siglos, se plantan frente a las armas, golpean metales, parches, cacerolas, cualquier cosa cuyo sonido terco les diga a los opresores que no tendrán paz hasta que se larguen, que no podrán controlar a todo un pueblo cuando este no quiere ser controlado. Terca gente que sabe lo que quiere y lo quiere tanto que no cejará en su empeño de tener un país de veras para sí y sus próximas generaciones. Por ello están en las calles, tres dedos arriba, en una rebelión infinita.

Los sonidos de protesta hoy redoblan por Ma Kyaw, por Zinco Zaw y por la ya larga lista de birmanos víctimas de la furia homicida de unas fuerzas armadas que; lejos de servir al pueblo; se ha servido de él por decenios como mano de obra barata, casi esclava, para hacer de los jerarcas unos soberanos corruptos, dueños de casi toda la riqueza del país. El pueblo terco no los quiere, por eso sigue en las calles, aunque el mundo mire a otra parte.