El martes 9 de julio de 1816 se firmaba la Declaración de Independencia de la Argentina tras el Congreso de Tucumán, que mandaba a volar formalmente a la monarquía española de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Diez días después, el mismo Congreso renunció también a cualquier dominación extranjera y a pesar de que ningún país reconoció entonces la independencia de las Provincias Unidas, el 21 de julio fue jurada por los miembros del Congreso, ante la presencia del gobernador, del general Manuel Belgrano, el clero secular, órdenes religiosas y demás corporaciones.

La guerra con España y la Restauración en Europa tras la derrota de Napoleón, llevó a pensar a Manuel Belgrano en instaurar una monarquía Inca Constitucional en el Río de la Plata, pero los diputados republicanos se negaron. Surgía otro conflicto mayor y más trascendente: si el estado sería unitario o federal. Pero eso es ya otra historia…

Casa de Tucumán, Monumento Histórico Nacional, donde se declaró la Independencia Argentina. Foto: Wikimedia Commons

EL LOCRO, LAS EMPANADAS Y LOS PASTELITOS

El locro es un guiso de maíz, zapallo, cerdo, chorizo, panceta, cebolla y muchos elementos más que recuerda al ajiaco cubano. Al igual que nuestro plato nacional lleva tantos ingredientes como tiempo para hacerse. La diferencia es que el locro tiene el maíz blanco y desgranado y sus orígenes se remontan a tiempos precolombinos.

Casi todos coinciden en que la génesis del locro está en el Noroeste Argentino (NOA) y la Puna Andina. Mariano Carou dice que “era un guiso famoso de los indígenas, cuyos ingredientes principales son los mismos con los que se lo preparaba antes de Colón: maíz, zapallo, porotos, ají.” En Buenos Aires se populariza tras las guerras de la Independencia, con los soldados que volvían del NOA.

Por su parte, las empanadas son más tradicionales aún, fueron un plato de siempre en la colonia y se comían al paso, en las postas del interminable Camino Real o acarreadas por fornidas mozas hasta las plazas y ciudades en grandes canastos. Los pastelitos, rellenos de dulce de membrillo o batata (boniato), eran postres comunes.

Locro argentino. Foto: Flickr

LA PLAZA, LAS EMPANADAS Y LOS PASTELITOS

Es de fácil suponer que mientras en la Casa de la familia Bazán de Laguna, en Tucumán, los diputados debatían sobre los destinos de las Provincias Unidas del Sur, en las calles y la Plaza Mayor el ambiente era de efervescencia. Multitudes iban y venían pendientes de los trascendentes asuntos que se trataban.

Entre esas multitudes pasaban las referidas mozas vendiendo sus empanadas y pastelitos, que les compraban para acompañar el infaltable mate; la infusión sin la que un argentino no puede vivir; al compás de la espera, las bandas de música y los corrillos en los que se hablaba de una sola cosa: la Independencia.

Y desde entonces la Argentina pasó a ser una de las naciones cuyas fechas Patrias son dobles: el 25 de Mayo (ese día de 1810 dimite el Virrey Cisneros y se establece la Primera Junta de Gobierno, por lo que se considera como el inicio del Estado nacional argentino) y el 9 de Julio de 1816, por la declaración de Independencia.

Pastelitos de batata y membrillos, típicos del 9 de Julio. Foto: Flickr

TRADICIONES Y ¡VIVA LA PATRIA, CARAJO!

Fue Juan Manuel de Rosas, gobernador de la provincia de Buenos Aires, quien decretó que ambas fechas tuvieran la misma categoría, luego de que Bernardino Rivadavia ordenara fundirlas en el 25 de Mayo. Junto a la iluminación de los edificios públicos y tres salvas de artillería de los fuertes y buques de la Armada, los festejos traen las comidas típicas.

Y la Argentina se ilumina, las familias y amigos se reúnen para, desde temprano, con la pava (y/o el termo) en mano y degustando el mate, hacer los pastelitos de membrillo, batata o crema, cocinar el locro y luego sentarse a la mesa a comer el espeso caldo, bajarlo con copas de vino y gritar a coro y con ímpetu (como en su hora, Belgrano): ¡Viva la Patria, carajo!