Ana desanda las calles de La Paz, Bolivia, donde fue asignada para trabajar como periodista por un año. Fascinada por conocer la cultura de la urbe, escucha atenta todo tipo de voces en calles, autobuses y mercados. Pero hay imágenes que la consternan y remiten a un escenario marcado por la violencia psicológica hacia la mujer.

Se repiten una y otra vez en su cabeza los cuadros de un montón de féminas al frente de trabajos muy forzosos, incluso, con hijos pequeños en sus espaldas, amarrados con un aguayo (prenda rectangular usada en Argentina, Bolivia, Perú y norte de Chile como mochila, abrigo o adorno). Gritos y maltratos también forman parte de la rutina de mujeres que en muchas ocasiones son el sostén económico de la casa. Ancianas, de mediana edad, jóvenes o niñas, se les ve en la calle a toda hora.

Algunas con la mirada perdida, otras absortas en sus pensamientos. Niñas bailando en la calle para recibir unos centavos. Ya asoman lágrimas en el rostro de Ana. Se siente incapaz de tomar alguna foto.

Los ojos de aquellas pequeñas en edad escolar permanecen en su memoria y no logran despegarse de aquellos recuerdos.

La violencia psicológica deja secuelas

De manera pasiva observa todo cuanto le rodea y advierte signos de violencia psicológica en la aparente cotidianidad de una ciudad coloreada entre lo moderno y lo tradicional. Y es que, justo esto último a veces se convierte en uno de los enemigos fundamentales de la emancipación femenina.

No son todas de lamentos, pero allí conoció muchas historias tristes. Mujeres atadas a relaciones infelices, maltratadas física y psicológicamente por parejas y familiares. Cosa triste.

Unas atrapadas en las cuatro paredes de una casa, solo disponibles para servir. Otras en las calles buscando el sustento de una familia en la cual el hombre pasa la mayor parte de su tiempo bebiendo. Y también está el caso de las que tienen que acudir a “determinadas mañas” para ascender socialmente.

Ana trata de indagar más. Quiere constatar aquello que ven sus ojos y que todavía no cree. Pero a veces se hace difícil llegar a la historia, y, aún más complicado escribirla. Muchas mujeres se niegan a hablar, pero sus rostros dicen lo que callan sus labios.

Como ellas, millones en el mundo sufren violencia psicológica. Abusadas y reprimidas son condenadas a existencias grises. Amenazas, humillaciones y comparaciones también llevan al maltrato físico, más visible quizás, pero no tan nocivo con el psíquico.

La realidad que Ana observó no solo en La Paz, sino en Cochabamba, Santa Cruz, Potosí y Oruro, es un espejo de lo que ocurre en muchos lugares del orbe donde las mujeres no ocupan un lugar pleno y justo en la sociedad.

Luchar por igualdad, justicia social y su emancipación son directrices de trabajo que estarán presentes en trabajos posteriores de Ana, una reportera que decidió un día no callar ante la violencia psicológica hacia la mujer porque ella misma, un día, fue víctima de tales abusos.