Monumento a Ignacio Agramonte en el parque homónimo de Camagüey. Foto de Princesschino

Ignacio Agramonte y Loynaz es sin dudas el más prístino de los héroes cubanos de las primeras luchas independentistas. Se le adjudica el sobrenombre de “Bayardo del Camagüey”, haciendo paralelo con Pierre de Terrail de Bayardo, ilustre militar francés célebre por su valor y caballerosidad, sin embargo, las ideas de Agramonte incomodan en Cuba hoy.

Al igual que Terrail, Agramonte forma parte de esos personajes históricos cuya existencia ejemplar ha dado origen a leyendas que desafían siglos. Sus brillantes dotes y actos se resumen sin dudas en el lema “Chevalier sans peur et sans reproche” (Caballero sin tacha y sin miedo) que permanece hasta hoy en el alma de la gente.

Fue Agramonte un hombre brillante y sin mácula. Graduado como Abogado en la Universidad de La Habana, fue parte de la conspiración que desembocó en la Guerra de los Diez Años (1868 – 1878) primera de los cubanos contra el poder colonial español en Cuba, siendo uno de los primeros mayores generales, de ahí su otro sobrenombre: “El Mayor”.

AGRAMONTE, EL MILITAR

Desde su incorporación a la contienda, se reveló como un estratega y táctico genial. Organizó el que a la postre sería el mejor Cuerpo de Caballería del Ejército Libertador en las llanuras de su Camagüey natal, obteniendo rápidas y contundentes victorias contra el mucho más fuerte y organizado ejército español.

Al mismo tiempo participó en la Constitución de la República de Cuba en Armas, que redactó junto a Ignacio Zambrano, durante la Asamblea de Guáimaro en 1869, donde hizo prevalecer las ideas republicanas y de libertad, emanadas de la Revolución Francesa y los Derechos del Hombre.

Antes había asegurado la revolución al plantarse frente a quienes pretendían reformas y negociación, con una contundente intervención en el Paradero de Minas: “Acaben de una vez los cabildeos, las torpes dilaciones, las demandas que humillan: Cuba no tiene más camino que conquistar su redención, arrancándosela a España por la fuerza de las armas”.

Con esas perspectivas peleó, teniendo a su lado en la manigua a su esposa, con la que tuvo dos hijos. Renegó de las malas costumbres de caudillos e instauró una férrea disciplina entre sus tropas, en las que no se podía blasfemar, ni tener amantes, ni beber y lo que es más raro para la época: con su ejemplo consiguió que sus hombres lo acataran gustosos.

El 11 de mayo de 1873, en una acción que podría llamarse casual, cayó abatido por una avanzada española en los potreros de Jimaguayú, perdiéndose con él un soporte enorme de las ideas libertarias de la Cuba en revolución y, reitero, el mejor estratega de la contienda por la parte cubana. Tardaría en revelarse como sustituto el dominicano Máximo Gómez.

POR QUÉ NO SE DIFUNDEN SUS IDEAS EN CUBA

Agramonte obtuvo su título de Licenciado en Derecho Civil y Canónico con un discurso de defensa incómodo para las autoridades. El presidente del tribunal dijo más tarde que si hubiera conocido el contenido, lo habría prohibido. Según informes, está en el archivo de la Universidad, clasificación Academia – sabatinales 42, legajo 8. Pero… ¿Estará todavía?

Es válido preguntárselo, pues el joven de 21 años planteaba que “funestas son las consecuencias de la intervención de la sociedad en la vida individual; y más cuando esa intervención es dirigida a uniformarla, destruyendo así la individualidad, que es uno de los elementos del bienestar presente y futuro de ella”.

También defendió Agramonte la tesis de que el hombre debe «elegir por sí mismo lo que considere más conveniente a su carácter, sus gustos, opiniones y no amoldarse a la costumbre arrastrado por el número”, de lo contrario el hombre libre, se convierte en máquina y pierde la “tendencia a examinarlo todo, a querer comprender y explicarse cuanto ve, a comparar y escoger lo bueno, desechando lo malo”.

“Una sociedad (…) en la que por la uniformidad de costumbres, de modo de pensar, no hay tipos distintos donde poder entresacar las perfecciones parciales, que puedan servir de modelo, se paralizará en su marcha progresiva”, decía el Bayardo camagüeyano.

RESISTENCIA A LA OPRESIÓN Y LIBERTAD INDIVIDUAL

Un punto en el que Agramonte siempre hizo énfasis a lo largo de su vida, fue el derecho del hombre a resistirse a la opresión. ¿Suena? Pues otra de sus premisas, manifiesta en el discurso que “solo la administración centralizada de una manera bien entendida o conveniente deja expedito el desarrollo individual”.

“La centralización llevada hasta cierto grado, es la anulación completa del individuo, la senda del absolutismo; la descentralización absoluta conduce a la anarquía y al desorden”. Ignacio consideraba necesario colocarse entre los extremos “para hallar esa bien entendida descentralización que permite florecer la libertad a la par que el orden”.

“La administración, requiriendo un número casi fabuloso de empleados, arranca una multitud de brazos a las artes y a la industria; y debilitando la inteligencia y la actividad, convierte al hombre en órgano de transmisión o ejecución pasiva”. ¡Genial diatriba contra burócratas y vividores del Estado!

Y hay más: “A pesar del gran número de empleados que requiere tal administración, los funcionarios no tienen tiempo para despachar lo que se aglomera en el Gobierno por su intervención tan peligrosa como minuciosa en intereses locales e individuales, demoras harto perjudiciales, y peor aún, su despacho es encomendado a subalternos, cuya impericia o falta de conocimientos no ofrecen garantía alguna de acierto”.

Le atizaba Agramonte a la mezquindad de los sueldos que no servían a los empleados “para sostenerlos con dignidad” y sí recargarse “con otras ocupaciones”, pero más que todo a la centralización que “hace desaparecer ese individualismo, cuya conservación hemos sostenido como necesaria a la sociedad”.

AGRAMONTE ANTICOMUNISTA

La joya de la corona la hallamos acá: “De allí al comunismo no hay más que un paso; se comienza por declarar impotente al individuo y se concluye por justificar la intervención de la sociedad en su acción destruyendo su libertad, sujetando a reglamento sus deseos, sus pensamientos, sus más íntimas afecciones, sus necesidades, sus acciones todas”.

Entonces, si se estableciera cierta independencia entre los trabajadores, “su dignidad en vez de humillarse sometidos a los caprichos de un superior, crecería con responsabilidad legal y no arbitraria. Lejos de ser convertidos en máquinas de ejecución o de transmisión, necesitarían desplegar su actividad e inteligencia”, para provecho de ellos y de la sociedad.

“El individuo, con esta organización, podría tener garantizado el libre ejercicio de sus derechos contra los excesos y errores de los funcionarios, con acciones legales y entabladas ante los tribunales competentes”, afirma Agramonte, con la certeza de que sólo una administración conveniente” puede dejar expedito el desarrollo del ciudadano.

LA ORGANIZACIÓN DE LA SOCIEDAD Y LA LIBERTAD POR SOBRE TODO

 Solo con esa administración es posible la “alianza del orden con la libertad, objeto que debe ponerse todo gobierno, la representación del orden; de esa armonía de los intereses y acciones de los individuos entre sí, y de los de éstos con el gobierno en su más perfecta concurrencia de libertad”, preconizaba el Bayardo.

“El Estado que llegue a realizar esa alianza será modelo de las sociedades y dará por resultado la felicidad suya y de cada uno de sus miembros”, y en la acera opuesta: “el Gobierno que con una centralización absoluta destruya el desarrollo individual y detenga la sociedad en su progreso, no se funda en la justicia y en la razón, sino tan sólo en la fuerza”.

 Y la estocada final, tirándose a fondo: “el Estado que tal fundamento tenga, podrá en un momento de energía anunciarse al mundo como estable e imperecedero, pero tarde o temprano cuando los hombres, conociendo sus derechos violados, se propongan reivindicarlos, irá el estruendo del cañón a anunciarle que cesó su letal dominación”.

No por gusto Agramonte es soslayado en el estudio de su pensamiento. Conveniente resulta silenciar lo que auguraba para la nación de entronizarse individuos e ideas que coarten las libertades y derechos. Hoy, 148 años después de su caída, entiendo mejor por qué los españoles vejaron su cadáver y por qué en la Cuba actual no se difunden sus asertos.

Hoy, me enorgullece mucho más llamarme “AGRAMONTINO”.