No recuerdo si fue Umberto Eco el que escribió sobre el carácter conservador de los refranes. Los refranes, como los mitos, consignas, símbolos nacionales (incluida la bandera) son reflejos de las relaciones de poder; y el poder los utiliza para legitimarse y conservarse.

Es lógico que quienes pretenden transformar una realidad, cambiar las cosas a contrapelo del poder, deconstruyan esos símbolos en función de sus objetivos.

Desde hace varias semanas, tal vez meses, los cubanos asistimos a una fuerte lucha en el escenario de los símbolos. Ha ocurrido desde mucho antes, quizá desde siempre, pero es innegable que desde los bustos manchados de rojo de Clandestinos hasta los performances de Luis Manuel Otero Alcántara y sus imágenes con la bandera, la cosa se ha puesto particularmente interesante.

La reciente protesta de trabajadores privados en Santa Clara, con ellos gritando una consigna asociada a la izquierda revolucionaria: “El Pueblo Unido Jamás Será Vencido”, ameritaría un análisis particular.

A uno le puede parecer bien o no, uno puede aplaudir esas cosas o deplorarlas, las leyes y discursos que el poder emite pueden deslegitimar tales acciones; pero es innegable que han logrado uno de sus propósitos: impactar en la gente.

Luis Manuel sabe el valor que tiene ese impacto en la gente, y lo ha trabajado rabiosamente, pero con inteligencia y enfocado. Y para ello ha usado como herramienta fundamental su propia humanidad, tal vez el único recurso del que dispone a voluntad, desde su condición de joven humilde, adversado por el poder que controla los escasos recursos en una Cuba de por sí empobrecida.

Ha bailado casi desnudo en la vía pública, en representación de la falta de privacidad de las personas que solo podían conectarse a Internet en “zonas Wi-Fi”; se ha arrastrado por las calles hasta la iglesia de San Lázaro, nuestro Santo más popular, como símbolo del sacrificio del cubano en su lucha por una vida más digna. Y le ha pedido en una oración que cese la represión, pero también que cese el bloqueo, que “ni la muerte y la violencia sean el camino de la transición”, y que “mi generación recupere la fe”.

Luis Manuel no entra en el esquema de la oposición clásica, desconectada de la gente en Cuba. Su “slogan” Estamos Conectados es de una genialidad que también ameritaría un análisis particular. De hecho, se define a sí mismo, más que como un opositor, como un artivista.

Quienes lo conocen personalmente, dicen que es un tipo muy popular en el barrio de San Isidro. La gente de su barrio humilde, y en general la realidad del cubano de a pie, es la fuente de su artivismo.

Y si usted se pregunta a qué viene el título de este escrito que juega con un refrán de mal presagio, le recuerdo que se trata de deconstruir símbolos para lograr cambios, porque ni la realidad, ni el final de esta historia, tienen que ser como nos lo impusieron.

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