El único voto que Miguel Díaz-Canel no recibió entre los 604 parlamentarios que votaron para su nombramiento como presidente del Consejo de Estado cubano es una especie de enigma.

De algún modo ese voto que no lo favoreció coincide con el propio Díaz-Canel, quien se anuló a sí mismo de tomar las decisiones estratégicas de la Nación, a diferencia de las dos personas que le antecedieron en el cargo: Fidel y Raúl.

Ese voto desfavorable solo representa un ínfimo 0.17 % entre todos los diputados que votaron. Sin embargo, es un número mucho mayor que el por ciento que representan los 603 diputados que participaron en la elección, en relación con los más de 8 millones de electores cubanos que no tienen la posibilidad de elegir al presidente de su país. Solo de 8 millones, 603 constituye un 0.0075 %.

Excluir a la casi totalidad de los cubanos del derecho a elegir a su presidente va más allá de razonamientos políticos, para convertirse en una cuestión esencialmente humana.

Muchas democracias representativas han fallado al considerar a los sujetos como meros elementos estadísticos, ya sea para tomarlos en cuenta o ignorarlos. De este error se han aprovechado fenómenos como el populismo, que han sabido enfocarse más en el plano emocional de las personas.

El sistema cubano, crítico de las democracias representativas, en este proceso de elección del nuevo jefe de Estado, no ha sido ni representativo en materia estadística, ni participativo en relación con el rol de las personas en una decisión tan trascendental para la vida individual y colectiva.

La tan promocionada capacidad del pueblo cubano de nominar a sus candidatos, a este nivel es simplemente irreal.

Entre los muchos artículos publicados por estos días a favor y en contra del nombramiento del nuevo presidente cubano, llamó mi atención uno que responde a una pregunta de por qué no se propuso al secretario del Partido Comunista en la provincia de Santiago de Cuba: Lázaro Expósito.

El artículo llamó mi atención por varias razones, en primera porque fue escrito por un compañero de aula en la universidad; en segundo, porque siendo yo bayamés de nacimiento, sé del impacto de Expósito en Granma. También sé que en Santiago, donde estudié por cinco años, Expósito es, sencillamente, un hombre al que la gente quiere; y eso es por algo.

Ambas provincias han sido históricamente mucho más complejas de administrar y dirigir que Holguín, donde Díaz-Canel no dejó una huella siquiera parecida a la de Expósito en Granma y Santiago.

Algo similar pasó en Camagüey con el actual vicepresidente Salvador Valdés, quien no hizo en años lo que luego Jorge Luis Tapia logró en pocos meses, a pesar de ser criticado por determinado estilo de trabajo.

Muchos otros nombres se pudieran poner sobre la mesa.

Incluir en este análisis la posibilidad de otras opciones de pluralidad política, ahora sería sencillamente una pérdida de tiempo.

Pero más allá de una Cuba ideal, donde convivan civilizadamente diferentes actores políticos, la elección del nuevo presidente cubano refleja más la necesidad de la permanencia de un grupo de poder, que la capacidad de autoregeneración y superación del sistema cubano en función del verdadero sentir del pueblo en los tiempos actuales.

Ojalá que cuando Díaz-Canel termine su mandato, deje en el pueblo de Cuba el mismo sentimiento de gratitud y tristeza que ví en la gente de Granma cuando despedían a Expósito en su partida a Santiago.

Foto: CiberCuba

¿Quieres conocer más sobre lugares, historias y personas interesantes?
Subscríbete o nuestro boletín.