“Desde joven era muy culto, muy revolucionario y muy ocurrente. Para todo tenía salidas muy originales. Lo mismo para hacer reír a la gente que para atacar al contrario, como aquella vez que se batió con el embajador del Chile de Pinochet en la ONU, llamándole “hijo de puta, maricón y cundango” en el pleno de la Asamblea General, apostillando al final que todas eran palabras sacadas de la obra cumbre de la literatura en lengua española (“El Quijote”)’.

Así cuenta en entrevista Carlos Lechuga, quien fuera diplomático cubano en la OEA y en la ONU. Se trata de una de aquellas historias que “convirtieron en leyenda al canciller” Raúl Roa.

Dedica Lechuga otras palabras de elogio: “Era un verdadero desafío ser diplomático a las órdenes de Roa, porque no toleraba la mediocridad (…). Exigía que la gente se preparara bien.” Y aclara el también fundador de la sección En Cuba que “Fidel es el arquitecto de la diplomacia nuestra (…). Él es el autor del estilo de la diplomacia cubana que Roa encarnó como nadie, pero quien origina la política exterior de la Revolución es Fidel.”

Si bien Lechuga no se resiste al culto a la personalidad de Fidel, es innegable el legado de Roa en el posterior desarrollo de la diplomacia cubana hasta la actualidad. Roa fue el hombre perfecto para representar a la joven Revolución cubana en foros internacionales de alto nivel. No solo por ser un orgánico intelectual de izquierda, sino porque era además un tipo sin pelos en la lengua, “lenguaraz a toda hora”, como él mismo se describía.

Roa no fue, como suele decirse a modo de estereotipo, el historiador pusilánime dedicado a relatar las acciones del guerrero. Él mismo fue un tipo bravo, se tiró a la calle a luchar contra el gobierno de Machado y de otros gobiernos cubanos, estuvo preso en algunas ocasiones; escribió e hizo la historia en la cual creyó.

En un plano antropológico, para nosotros los cubanos Roa es un personaje interesante: encarna esa dualidad poco común de hombre educado a niveles protocolares y a la vez guapo del barrio. Si aquel Yarini de clase media fue una especie de “héroe nacional” de San Isidro, guapeando en la caliente el negocio que los extranjeros querían dominar en un país otra vez controlado por una potencia extranjera… qué pudiera pensarse de Roa.

En la OEA y en la ONU, desde su plataforma política, Roa exigía el derecho de que Cuba fuera para los “cubanos”. Hacía uso de argumentos válidos, y si hacía falta de palabras de solar. Se tiraba sus números, como aquella vez que en una conferencia interparlamentaria mundial en que Cuba era sede, advirtió: “Tiene la palabra el delegado de Estados Unidos, pero sin guapería”.

Desde aquellos años en los que el Canciller de la Dignidad se batía por los palos ha pasado mucho. Una cantidad tremenda de cubanos dentro y fuera de la patria sentimos que estos diplomáticos de hoy día cada vez nos representan menos, tanto en contenido como en forma.

Sentimos que nos han dejado fuera, como la Escuela Superior de Relaciones Internacionales “Raúl Roa” –la más discriminatoria institución docente cubana–, deja fuera a tantos muchachos con deseos de construir un país mejor. ¿A qué se debe todo eso? Sería una buena pregunta para las muchachas de la foto.

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