El amor por los animales es una cualidad que admiro, respeto y hasta envidio. Siento que esa pasión por los animales afectivos es una especie de sentido que no poseo, como si algo en mi anatomía hubiera sido mutilado, o reprimido en mi inconsciente. Simplemente no tengo esa maravillosa capacidad de empatizar y establecer una relación afectiva con una mascota.

No siempre fue así. Allá por mis 7 u 8 años tuve un perro que mi hermano mayor me trajo de no sé qué sitio. Era chiquito y amarillo como un corojo; no tan chiquito, desde luego, pero era apenas un cachorrito. De todas maneras le pusimos Corojo.

Mis padres, nacidos en el campo y devenidos obreros en una zona semi-urbana, no tenían mascotas, tal vez porque siendo originalmente del campo, traían la costumbre de mirar a los animales domésticos con un sentido más utilitario que afectivo. Creo que tampoco había muchas cosas que cuidar en la casa, así es que no necesitábamos un guardián.

Mi madre aceptó a Corojo, pero con una condición: que mi hermano se lo llevara para su propia casa cuando ya el perro estuviera más grande. Entre las dos casas solo había una de por medio, así es que para mí era solo cuestión de saltar un muro, luego una cerca, y a correr se ha dicho con Corojo por todo el patio de la casa de mi hermano.

Todos los días al llegar de la escuela, soltaba la carpeta como un loco, me cambiaba de ropa, y arrancaba ligero a corretear con mi amigo. Ya luego nos tirábamos debajo de una mata de almendra, a quitarle y a quitarme los guisasos, todavía sofocados de la corredera, sudados, apestosos y felices.

La primera queja vino del vecino, que vio una sección de su cerca prácticamente en el suelo de tanta brincadera. Con esa misma cerca me hice una herida en un brazo, herida que mi mamá empapó en timerosal para prevenir una infección y de paso alentarme a que no brincara más la cerca.

Ya antes me habían advertido en varias ocasiones que me concentrara más en la tarea de la escuela, que eso era lo primero que tenía que hacer, y que no lo estaba haciendo bien por estar nada más pensando en ir a jugar con el “bendito perro”.

La “tapa al pomo” fue cuando Corojo se enfermó, y regresé tarde del receso de la escuela luego de llevarle la leche que nos daban en la merienda a mi perro matungo. Mi mamá recibió quejas de la maestra, e inmediatamente le dijo a mi hermano que se llevara el perro para casa de un pariente.

Alguien me dijo luego que lo habían visto por las calles, aunque mi hermano me aseguraba que no, que estaba bien cuidado. De todas maneras, cuando pasábamos por el pueblito donde vivía el pariente, yo miraba por la ventanilla del bus buscando a Corojo. Nunca lo vi. O mejor dicho, en todos y cada uno de los perros, en los amarillos, en los negros y en los pardos; en los “satos” y en los de raza; en los obedientes y en los revoltosos; en los feos y en los hermosos; en todos, yo veía a mi Corojo.

Unos meses después mis padres me explicaron que los niños se deprimen cuando sus mascotas mueren, y que era mejor esperar a que yo fuera adulto para tener otra mascota. Pero nunca pasó. Y de algún modo siento que cuando me llevaron a Corojo, también se llevaron esa necesidad tan fuerte y hermosa que tienen muchas personas de tener mascotas.

Sin embargo, también siento que Corojo nunca se me fue, y que ha vivido en mí por todos estos años, unas veces dando saltos eufórico, otras echado y pensativo; en ocasiones gruñendo, lamiendo sus heridas o amando a una hembra de estación, o simplemente por ahí, vagabundeando conmigo.

Fotograma de El principito (2015), película dirigida por Mark Osborne.

“Todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo…”

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