José M. Fontela

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Uno de esos viajes de trabajo por zonas rurales de este inmenso país me regaló la imagen de un mar de girasoles.

Recordé a Luis Eduardo Aute y su deseo de encontrar un “Giraluna”; recordé la palabra “dignidad”, por aquello de que los girasoles se inclinan ligeramente ante el sol, pero no se humillan; y recordé a mi vecina Cuca, la madre de mi amiga María.

Alla en la calle Cielo, esquina a Campo Santo, en Camagüey, Cuca me convidaba todas las tardes a una tasa de chícharo con café que me sabía a gloria.

Blanquita en canas, con las manos temblorosas ya del Parkinson, Cuca se señalaba la boca con el pulgar para indicarme que la cafetera había colado. Entonces nos sentábamos con ella en la sala de su casa mi amiga María, el viejo Valdés, la vieja mía y yo, a conversarnos aquel “cafe” que sanaba cualquier mal económico, político, social o existencial que hubiera intentado jodernos el día.

En aquella misma sala se preparaba un altar todos los 8 de septiembre con la imagen de la Virgen de la Caridad, con muchas ofrendas, decoraciones y frutas. Ese día la “tertulia” era especial. Desde el atardecer hasta bien tarde en la noche, comíamos, bebíamos y hablábamos de lo humano y lo divino frente a la imagen linda de Cachita, rodeada de girasoles y canisteles.

En mi propia casa nunca se veneraron imágenes religiosas. Sé que mi vieja me va a perdonar que yo cuente que en su desesperacion ante la muerte casi inminente de su primer nieto, arrancó pal Cobre a hacer una promesa. Y volvió a los dos meses a cumplir con su palabra, a agradecerle humildemente a la Virgen, de madre a Madre.

Cuando mi hijo nació, su mamá tenía en nuestro cuarto una imagen de la Virgen de la Caridad. Y como mi amigo-hermano es de Antilla -y los antillanos juran que a la Virgen la sacaron por Antilla-, pues para allá nos fuimos, con la esperanza de que un zambullón en el lugar por donde supuestamente sacaron a la Virgen le iba a sanar el asma a nuestro hijo.

Creo que después de aquello estuvo como cinco o seis semanas que ni catarro le dio. Después, de nuevo, a correr con el muchacho pal pediátrico. Y ahora que pienso en el mar de girasoles que me encontré en este país es que me doy cuenta que el verdadero milagro que la Virgen nos concedió fue la alegría de Gabriel, chapuleteando por primera vez en el mar, saltando de los brazos de su madre a los brazos míos, con par de tiras de moco colgadas de su risa.

Pescadores saliendo a pescar en la bahía de Nipe, Antilla.

Foto: Fotografias Borjas

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