Con la muerte de Candita Batista uno tiene la impresión de escuchar los acordes finales de una época esplendorosa de la cultura cubana. No sé cuántos artistas cubanos de su generación y su calibre quedarán todavía dentro o fuera de la Isla; pero sé que dejan un legado extraordinario.

Candita no era solo una mujer con un talento excepcional para el arte; era una de esas personas que parecen ungidas con una gracia especial para existir y perdurar. Testimonio de ello era su sonrisa: una sonrisa tremenda, un ícono de la vida triunfando sobre sus propios límites, de la felicidad a todo trance.

Nació el 3 de octubre de 1916 en el batey Senado, Camagüey. Su abuelo había sido esclavo traído de África, y sus padres serían también objeto del desprecio que el poeta Andrés Eloy Blanco denunciara en “Angelitos Negros”. Candita interpretó ese antológico tema con una fuerza única, redentora, y terminó imponiéndose sobre esa exclusión social y cultural justo en algunos de los mejores escenarios de la blanca Europa.

A los 12 años se traslada con su familia a Camagüey. A los 15 la presentan a la Sociedad de Instrucción y Recreo Victoria, donde trabajó con Generoso Gutiérrez, reconocido director de bailes, comparsas y teatros, quien le abrió las puertas hacia otras sociedades de la época. A esos primeros brotes del éxito le acompañaron aflicciones terribles, como la muerte de algunos hermanos y de su esposo de solo 21 años, el violinista camagüeyano Víctor Agüero.

De Camagüey va a La Habana, donde integra el Grupo Coral Folklórico de Cuba, fundado por Obdulio Morales, por donde pasaron, además, artistas como Mercedita Valdés, Pastora Doné, Xiomara Alfaro, Juana Bacallao y Bertha de Cuba.

En el `41 Candita se presenta como parte de un espectáculo afrocubano en el teatro Martí. El éxito de ese espectáculo la lleva a México. Ya era cuestión de tiempo para que la artista arribara a los escenarios de su consagración definitiva en Europa.

La Vedette Negra de Cuba pudo haber sido un título nacido en Portugal; pero también en España, donde la publicidad comercial la presentó como Emperatriz del Afro, Diosa del Ébano. Triunfó en Londres, Berlin, Bruselas, Francia… Se presentó junto a Nat King Cole, Charles Aznavour, Michel Legrand…

En África del Norte su debut fue sensacional junto al bongosero Rubén Amat, el Gran Ballet Sevillano, la Orquesta Calahorra y el vocalista Angelines Gara, entre otros artistas. En el año 1950 la firma americana Columbia la catalogó como una de las celebridades del canto.

Era una artista de resonancia internacional cuando se impuso abandonar Europa ante la inminente muerte de su madre. En 1959 cumplió uno de sus últimos contratos en Alemania y regresó a Cuba, y a Camagüey.

Su tierra natal nunca dejó de reconocerla. Pero ya eran otras circunstancias. Emergía un sistema de radicales contradicciones con la sociedad anterior. Y en ese contexto, Candita logró su triunfo definitivo, la suma recompensa de cualquier mortal: el cariño sincero de su gente.

Ninguno de los grandiosos escenarios en los que se había presentado concentraron tanto encanto como el “Rincón de Candita y Filo”, un sencillo garaje de su casa en la calle Cristo, convertido en ambiente descargoso de trova, boleros, sones… por donde pasaron auténticos músicos y artistas cubanos a finales de los 80s.

Además de conquistar los más altos honores oficiales de su tierra camagüeyana, Candita Batista formaba parte del Catálogo de la UNESCO como Sitio de Memoria de la Ruta del Esclavo.

El escritor camagüeyano Osvaldo Gallardo ha escrito un comentario que retrata fielmente a la Candita que algunos conocimos en sus últimos años: “Candita parecía eterna…” . Y yo diría más bien que parecía inmortal, porque la eternidad ya no habrá quien se la quite.

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