Como un misterio en la historia de las gentes…

Viajar a Camagüey, cuyo centro histórico se halla inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial, es adentrarse en una ciudad «viajera» en su propia génesis.

El notable historiador local Héctor Juárez Figueredo definió a la otrora Santa María del Puerto del Príncipe como «turista colonial», en referencia a los diversos traslados de la Villa durante sus primeros catorce años.

La «villa andariega», como también la han llamado algunos, fue fundada en la costa norte el 2 de febrero de 1514, de acuerdo con la versión tradicional, y entre junio y julio de 1515, según estudios recientes. De allí se internó 22 leguas hacia el suroeste, hasta que el 6 de enero de 1528 se estableció definitivamente en el centro de la actual provincia de Camagüey, la de mayor extensión en Cuba.

Contrario a la mayoría de las primeras villas, que prefirieron el nexo con las costas —o al menos con ríos navegables como fue el caso de Bayamo—, Puerto del Príncipe se adentró más y más, para configurar en medio de aquel vasto territorio una personalidad muy peculiar en el entramado de la identidad nacional cubana.

El habanero Antonio Bachiller y Morales describió la imagen que entre sus contemporáneos había heredado la urbe al llegar el siglo XIX: «Yo veía un pueblo grande, civilizado y fastuoso en medio de una isla, al término de áridos terrenos; yo veía la segunda ciudad de mi patria como un misterio en la historia de las gentes». Pero no es solo la riqueza económica lo que asombra en 1838 al gran erudito cubano. «Es también la existencia de una riqueza cultural que parecía imposible en medio de tal aislamiento, al menos con el resto de la Isla» —afirma Juárez Figueredo.

Al cabo de 505 años de vida, Camagüey todavía provoca una sensación de «realismo mágico», enigma que tal vez se relacione con un ángel aldeano, de pueblo antiguo, que pervive desde antaño en el corazón de su centro histórico y en el carácter conservador de su gente, a pesar de ser la tercera ciudad en población y una de las cuatro capitales regionales más importantes en la historia del país.

Yo veía un pueblo grande, civilizado y fastuoso en medio de una isla. (…) yo veía la segunda ciudad de mi patria…”

ANTONIO BACHILLER Y MORALES

Leyendas, tradicionalismo, arraigo de la religión católica cuyos templos marcan hitos en el urbanismo y la espiritualidad de los barrios, relevancia de personalidades históricas, intenso movimiento artístico-cultural, hombres recios forjados en una base ganadera, y mujeres bellas y altivas, son características de Camagüey.

Mas si a cualquiera de los lugareños —niño, adulto, anciano — se le preguntara cuál es el rasgo definitorio de sus coterráneos, sin dudas responderá que el orgullo, un sano pero medular orgullo de su camagüeyanía.

Esa estima propia constituye la energía de un perenne viaje hacia los adentros esenciales de la ciudad. También en tal sentido es Camagüey una urbe penetrante, comarca introspectiva que se explora y deleita constantemente en su patrimonio, en sus tradiciones, e invita a pareja exploración y deleite a quienes la visitan.

Su arquitectura y urbanismo constituyen, al mismo tiempo, escenario y reflejo de tan distintiva cualidad. Contrario a La Habana y Santiago de Cuba, incluso diferente de su hija histórica Ciego de Ávila, Camagüey resulta una ciudad introvertida. El núcleo primigenio de su centro histórico carece de portales o balcones para la interacción social de las familias.

Pudiera decirse que las casas del centro histórico camagüeyano heredaron fachadas mas bien modestas. Tal vez esa imagen pública de sobriedad era intencional por parte del antiguo señorío de la villa, dado el origen ilegal de importantes capitales levantados sobre la base del comercio de contrabando.

Por su parte, los interiores camagüeyanos, y sobre todo los patios, conmueven por su belleza. Esa belleza —hoy más encantadora debido a su añejamiento en el contexto contemporáneo— se ha mantenido muchas veces a pesar de factores inevitables y de otros determinados por la falta de sensibilidad y de responsabilidad social.

Las calles, por su parte, dispuestas a modo de laberinto interminable, a menudo conducen a través de sendas estrechas, que bien podrían abrumar a un caminante, pero que también podrían sorprenderlo ante la aparición de una espléndida plaza colonial, o ante una pequeña, pero angelical plazuela.

Busco
en tu violada niebla matinal
una calle y la sigo
por entre el laberinto de mi infancia…

NICOLÁS GUILLÉN (ELEGÍA CAMAGÜEYANA)

Es casi seguro que al llegar a alguno de esos espacios, mágicos intersticios de la villa, el transeúnte detenga su paso, mientras la ciudad comienza otro penetrante viaje, ahora hacia lo interno de la emoción humana.

¿Quieres conocer más sobre lugares, historias y personas interesantes?
Subscríbete o nuestro boletín.